I
– NAVIDAD Y EPIFANÍA
La fiesta de la Epifanía —también llamada Teofanía
por los griegos, es decir, manifestación de Dios— ya era
cele-brada en Oriente antes del siglo IV. Es una de las conmemoraciones
cristianas más antiguas, tanto como la Resurrec-ción de
Nuestro Señor.
No debemos olvidar que la Encarnación del Verbo se hizo efectiva
después de la Anunciación del Ángel; pero has-ta
entonces, María, Isabel, José y probablemente Zacarías
eran los únicos conocedores del gran misterio realizado por el
Espíritu Santo. El resto de la humanidad no se percató
de lo que sucedía en el período de gestación del
Hijo de Dios humanado. La Revelación de los Profetas estaba cubierta
bajo cierto misterio, que sólo se despejó tras el testi-monio
de los Apóstoles.
La liturgia del tiempo de Adviento
En las cuatro semanas de Adviento, la liturgia nos recuerda las profecías
sobre los principales hechos relacionados con las graduales y sucesivas
manifestaciones del Salvador y de la Buena Nueva traída a la
Tierra. Con mucho énfasis se subraya el texto de Isaías:
“Una virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y le
llamará Emmanuel, ‘Dios con nosotros’” (Is
7,14). Era evidente que el Mesías pertenecería al noble
linaje de David: “Y brotará un rama del tronco de Jesé
y retoñará de sus raíces un vástago, sobre
el que reposará el espíritu del Señor, espíritu
de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor
del Señor” (Is 11, 1-2).
La liturgia va in crescendo, hasta dejar en claro que viene
en camino el Salvador de las naciones; por eso ruega que la tierra lo
haga germinar: “Rorate cæli desuper et nubes pluant
iustum, aperiatur terra et germinet salvatorem et iustitia oriatur simul!”
— “Que los cielos derramen el rocío de las alturas,
que las nubes destilen la justicia. Ábrase la tierra y produzca
el fruto de la salvación, y germine a la vez la justicia”
(Is 45,8).
Por fin, nace el Redentor como un simple bebé. Sin embargo, quien
fuera iluminado por un don del Espíritu San-to, discerniría
en el adorable pequeño los resplandores de su fulgurante divinidad.
No se trataba de un ser puramente humano; aquella naturaleza se unía
a la propia Divinidad en la hipóstasis de la Segunda Persona
de la Santísima Trinidad. Ahí estaba el Hombre-Dios.
Epifanía: público reconocimiento
de la divinidad del Niño Jesús
Si en la Navidad, por así decir, Dios se manifiesta como Hombre,
en la Epifanía ese Hombre se revela como Dios. Así, en
estas dos fiestas Dios quiso que el gran misterio de la Encarnación
quedara al descubierto con todo su brillo, frente a judíos y
gentiles, dado su carácter universal. Occidente celebraba desde
un principio la Navidad el 25 de diciem-bre, y Oriente la Epifanía
el 6 de enero. Fue la iglesia de Antioquía, en tiempos de San
Juan Crisóstomo, la que pasó a celebrar ambas fechas.
La segunda festividad sólo comenzaría a ser celebrada
en Occidente a partir del siglo V.
En nuestra actual fase histórica, la liturgia conmemora la Adoración
de los Reyes Magos al Niño Jesús. Por otro lado, todavía
quedan vestigios de la antigua tradición oriental que incluía
en la Epifanía, además de la Adoración de los Reyes,
el milagro de las Bodas de Caná y el Bautismo del Señor
en el Jordán. Hoy nuestra liturgia ya no celebra las Bodas de
Caná, y el Bautismo del Señor es festejado el día
domingo entre el 9 y el 13 de enero.
En síntesis, podemos afirmar que la Epifanía, es decir,
la manifestación del Verbo Encarnado, no puede ser conside-rada
separadamente de la adoración que le tributaron los Reyes de
Oriente. La escena implica un reconocimiento público a la Divinidad
del Niño Jesús unida a su humanidad.
La virtud de la Religión
La adoración, según enseña el Doctor Angélico,
“tiene por objeto la reverencia de aquel a quien se adora”.
Se trata de una virtud especial llamada religión, a
la cual “le corresponde el testimoniar reverencia a Dios”.
1
Para entenderlo mejor, basta decir que la religión se basa en
quién es Dios y quién somos nosotros; en lo que Él
nos ha dado y lo que debemos retribuirle. Dios es el Ser por esencia,
la Perfección, el Bien, la Verdad y la Belleza, además,
abso-luto e infinito; nosotros, en cambio, somos criaturas contingentes,
dependientes; lo hemos recibido todo de Dios, y nues-tra existencia
requiere su sustento a cada instante.
Bien decía el R.P. Antonio Royo Marín, OP., que si Dios,
por absurdo, adormeciera un instante, todas las criatu-ras volverían
a la nada; a lo que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira añadió:
“Y en su Omnipotencia, Él lo recrearía todo nuevamente,
nada más despertase”.
Por tanto, el ser de toda y cualquier criatura es otorgado por Dios,
al igual que todos los dones más variados que haya en el orden
universal. Por ende, en la línea de los dones no existe nada
que no recibamos de Dios. Somos los eternos deudores del Creador. Bajo
este punto de vista, hasta la más excelsa de todas las criaturas,
María Santísima, lo es tam-bién, y Ella supo reconocerlo
en su cántico frente a su prima Santa Isabel: “Mi alma
glorifica al Señor […] porque ha mirado la humildad
de su sierva” (Lc 1, 46.48).
La virtud de religión es la esencia de la adoración que
se concentra en reconocer estas dos realidades: quién es Dios,
cuáles son sus derechos y beneficios; quiénes somos nosotros,
nuestra indigencia, nuestra nulidad. Por eso “la religión
es la principal entre las virtudes morales” —explica
Sto. Tomás de Aquino— porque “es la que más
se acerca al fin, pues realiza todo lo que directa e inmediatamente
atañe al honor de Dios. Por lo tanto, la religión sobresale
entre las demás virtudes mora-les”. 2
Invitación para ser agradecidos con Dios
Lo que movía profundamente el alma de los Reyes Magos era el
deseo de rendir culto de adoración a Aquél que había
nacido. El significado de la inspiración del Espíritu
Santo, llevándolos a Belén, se cifra en la llamada universal
dirigida a todas las naciones a su salvación y participación
en los bienes de la Redención.
Aunque los Profetas habían predicho la universalidad de esa vocación,
los judíos la consideraban un privilegio exclu-sivo del pueblo
elegido. Es curioso notar cómo el propio Cristo en su vida pública,
pese a elogiar la fe del centurión romano —“En
verdad os digo que en ninguno de Israel he encontrado una fe tan grande”
(Mt 8,10)—, afirma no haber sido enviado por el Padre sino a cuidar
las “ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt
15,24). Es decir, no quiso llamar directa-mente a la gentilidad; esa
tarea estaba reservada a los Apóstoles, en especial a San Pablo.
Pero, con décadas de antela-ción, los Santos Reyes simbolizaron
junto a la cuna del Salvador su gran deseo de redimirnos también
a nosotros, los gentiles, de acuerdo a las palabras de la Oración
del Día: “Señor, tú que en este día
revelaste a tu Hijo unigénito a los pue-blos gentiles, por medio
de una estrella”; y más claramente en el Prefacio:
“Hoy has revelado en Cristo, para luz de los pue-blos, el
verdadero misterio de nuestra salvación”.
Si Dios llamó a los Reyes Magos mediante la estrella, a nosotros
nos llama a través de su Iglesia, con su predica-ción,
doctrina, gobierno y liturgia. Por ende, la Epifanía es la fiesta
que nos anima a agradecer al Señor, a implorar la gracia de su
luz celestial para que nos guíe siempre y en todo lugar, a recibir
con fe y vivir con amor todos los dones concedidos por la Santa Iglesia
(cfr. Oración después de la Comunión).
II – BELÉN, LOS MAGOS Y HERODES
“Habiendo nacido Jesús en Belén
de Judá en los días del rey Herodes, unos Magos procedentes
del Oriente llegaron a Jerusalén”.
Como dijo San Pablo: “De haberla conocido [la misteriosa
sabiduría divina], no hubieran crucificado al Señor
de la gloria” (1 Cor 2,8). No estaba en los designios de
Dios manifestar el nacimiento del Niño Jesús ante toda
la humani-dad, porque eso probablemente impediría la Redención.
Por otro lado, si su venida al mundo estuviera acompañada con
signos fulgurantes y grandiosos, los méritos de la fe quedarían
anulados.
El nacimiento, señal previa de la segunda y plena manifestación
Por éstos y otros motivos, Santo Tomás de Aquino explica:
“Pertenece al orden de la sabiduría que los dones de
Dios y los secretos de ella no lleguen igualmente a todos, sino inmediatamente
a algunos, y que por medio de éstos se deriven a los demás.
Por lo cual, y respecto al misterio de la resurrección se dice
(Hch 10, 40-41) que Dios quiso que Cristo resucitado ‘se manifestase
no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había determinado
de antemano’. Por esta razón, también debió
observarse esto con relación al nacimiento del mismo, para que
Cristo no se manifestase a todos, sino a algunos, por los cuales pudiera
llegar al conocimiento de los demás”. 3
Varias razones hicieron que la Providencia Divina eligiera primero a
los judíos, y sólo después a los paganos, para
manifestar el nacimiento de Jesús. Claro está que Dios,
guardando un aprecio especial por el principio de jerarquía,
iba a preferir iniciar su gran obra por el pueblo elegido. Ese pormenor
lleva al mismo Doctor Angélico a discurrir a continuación:
“La manifestación del nacimiento de Cristo fue una
señal previa de la plena manifestación, que debía
tener lugar después; y así como en la segunda manifestación
se anunció primeramente la gracia de Cristo por el mismo Cristo
y por los apóstoles a los judíos y después a los
gentiles, así llegaron a Cristo primeramente los pastores, que
eran las primicias de los judíos, como los más cercanos;
y después vinieron los Magos de lejanos países, ‘los
cuales fueron las primicias de las naciones’, como dice San Agus-tín”.4
Consideraciones y profecías
En cuanto a la referencia a la ciudad de Belén de Judá
en este artículo, debemos considerar la afirmación hecha
por el propio Salvador, décadas más tarde: “Yo
soy el pan que ha bajado del cielo” (Jn 6,41). Por eso, los
comentaristas hacen una aproximación entre el significado del
nombre Belén —“casa del pan”— y la institución
del Sacramento de la Eucaristía, Pan de los Ángeles. Existía
otra Belén más al norte, en la tierra de Zabulón,
lo que hace especificar al evangelista la tribu de Judá.
El rey Herodes no pertenecía realmente a la raza de los judíos,
pues era idumeo. Llegó al trono gracias al apoyo romano, puesto
que los judíos se le oponían al tratarse de un extranjero.
Fue muy hábil, restaurando con esmero el Templo de Jerusalén,
intentando así que olvidaran sus orígenes; pero la perpetuación
de su fama se debió a las gran-des manchas de sus costumbres
disolutas y su crueldad.
Sobre este particular, pondera Teodoro de Mopsuéstia:
“El patriarca Jacob ya había
distinguido este momento con exactitud al decir: ‘No desaparecerá
el jefe de Judá ni el guía de sus miembros hasta que llegue
aquel a quien está reservado’ (Gn 49, 10). Mateo puso estos
datos para evidenciar por medio de ellos que todo estaba ocurriendo
de acuerdo a las palabras proféticas. Por un lado, el profeta
había dicho que saldría de Belén (Mq 5,2), y por
otro, el hecho de que esto ocurriera en los días de Herodes cumplía
además la predicción de Jacob. Reinó sobre ellos
primero la estirpe de David, de la tribu de Judá, hermano de
Leví, pero la descendencia venía de la estirpe de Judá,
que se había mezclado con la tribu levítica, especialmente
con sumos sacerdotes, y tenían prerrogativas reales. Luego, después
de que los hermanos Aristóbulo e Hircano entraran en pugna y
lucharan por el poder, recayó finalmente la dignidad real en
Herodes, que no era judío de raza al ser hijo de Antípatro
Idumeo. Fue entonces, en el tiempo de este reinado, cuando apareció
Cristo el Señor, acabados ya los reyes y gobernantes del pueblo
judío”. 5
Mateo calla otros detalles acerca de los Magos; por eso la multiplicidad
de las conjeturas y la no poca divergencia entre los autores. No obstante,
podemos afirmar que el nombre Magos no debe ser entendido con
las connotaciones de nuestro tiempo. En aquella época significaba
personas de cierto poderío y que se distinguían especialmente
en los conocimientos científicos, sobre todo astronómicos.
Además, la tradición los presenta como reyes. También
es la tradición que deja cons-tancia sobre su número,
tres, que fueron bautizados más tarde por santo Tomás
Apóstol y, tiempo después, martirizados. Las reliquias
de los Reyes Magos fueron veneradas recientemente por un Papa. Nuestro
Pontífice felizmente reinante, Benedicto XVI, visitó la
catedral de Colonia para rezar frente a ellas el 18 de agosto de 2005,
con motivo de la XX Jornada Mundial de la Juventud.
Sobre su país de origen —Caldea, Arabia o Persia—
sólo hay hipótesis, como también sobre el momento
de su lle-gada a Jerusalén y Belén, lo que parece haber
ocurrido después de la Presentación del Niño Jesús.
Lo que todos admiten como cierto es que, siendo universal el ámbito
de la Redención, debía ser anunciada a to-dos. 6
III – LOS REYES FRENTE A HERODES
“…diciendo: ‘¿Dónde
está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos
visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle’”.
Queda claro en este versículo el motivo real y profundo del largo
viaje que habían emprendido; nada de simple curiosi-dad, razones
profanas ni mundanas. Además demuestran una gran fe y no poca
intrepidez, al formular una pregunta tan incisiva, máxime cuando
Herodes podría interpretarla como una negación de su título
y su poder, conquistados tras tantos esfuerzos.
La estrella que guiaba a los Magos
Sobre la estrella, comenta el R.P. Manuel de Tuya, OP: “Los
Magos alegan para venir a adorar al recién nacido Rey de los
judíos que han visto ‘su estrella en Oriente’. En
forma muy acentuada se habla de la estrella precisamente del Rey de
los judíos.
“En el mundo de la astrología, los hombres se consideran
regidos por los astros. Pero también en la antigüedad estaba
difundida la creencia de que el nacimiento de los hombres principales
iba precedido por un signo celeste. Hasta aparece reflejado en los escritos
cuneiformes.
“Varias fueron las teorías propuestas sobre la naturaleza
de esta ‘estrella’ que vieron los Magos”. 7
Tampoco el Doctor Angélico dejó de expresar su pensamiento
respecto de este trecho. Después de discurrir sobre las razones
por las que Dios reveló su nacimiento a los judíos mediante
ángeles, y a los gentiles por señales, cita a San Agus-tín:
“los ángeles habitan los cielos y las estrellas los
adornan”. 8
Y a partir de ahí analiza la estrella en sí misma, mostrando
que “no fue una de las estrellas celestes” sino
un astro completamente sui generis. 9
Jerusalén quedó perturbada
“Al oír esto el rey Herodes se sobresaltó,
y con él toda Jerusalén.”
Se comprende fácilmente el temor de Herodes, dada su irrefrenable
ambición, envidia y crueldad. Su esposa y sus tres hijos pudieron
probar la violencia de su pérfido e impetuoso temperamento, ya
que fueron ejecutados por tiránica determinación suya,
nacida del miedo a ser destronado.
A un hombre con esa moral desordenada y carácter tan malo, el
anuncio del surgimiento milagroso de un nuevo rey sólo podía
causar perturbación; tanto más que “se había
difundido entonces por todas las partes del imperio romano, y en Oriente
más que en otra alguna, cierto presentimiento, vago unas veces,
más preciso otras, de una nueva era que iba a inaugurarse para
la humanidad”. 10
¿Y qué era lo que causaba el sobresalto de los habitantes
de Jerusalén? Se les anunciaba el nacimiento de un Rey ju-dío:
¿no era ésta una noticia alentadora? ¿No debían
acompañar a los Magos para comprobar con alegría los hechos?
No sería de extrañar que a esas alturas, el pueblo se
hubiera acomodado y tratara con relajada complacencia al tirano crimi-nal.
Quizás concurriera a esa perturbación el temor a las represalias
y venganzas, o incluso el amor propio herido, el orgu-llo pisoteado,
el desprecio de una gracia, porque esperaban un Mesías más
esplendoroso y, además, anunciado directa-mente a ellos, no a
los extranjeros.
A tal propósito comenta San Juan Crisóstomo: “Porque
seguían en la misma disposición que sus antepasados, quie-nes,
no obstante todos sus beneficios, se habían apartado de Dios,
y, gozando de soberana libertad, se acordaban de las carnes de Egipto”.
11
Iniquidad fraudulenta de Herodes
“Y reuniendo a todos los príncipes
de los sacerdotes y escribas del pueblo, les preguntó dónde
había de nacer el Mesías”.
Pérfido pero hábil, Herodes disimula su satánico
proyecto de matar al Mesías y procura informarse sobre los desig-nios
de Dios, para impedirlos con eficacia. Con aires de hipócrita
piedad reúne al Sanedrín. Su pregunta demuestra que todos
estaban enterados de la posibilidad de que ese recién nacido
pudiera muy bien ser el Mesías. De ahí también
la maldad del Sanedrín y del pueblo mismo.
“Ellos contestaron: ‘En Belén
de Judá, pues así está escrito por el profeta:
Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo
eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque
de ti saldrá un jefe que regirá a mi pueblo Israel [Miq
5, 2]’”.
Los doctores de la Ley no temen decirle a Herodes que, según
Miqueas, el Mesías debía nacer en la ciudad de Be-lén
de Judá; pero suprimen de la profecía oficial la frase
subsiguiente, que insinuaba clarísimamente el origen divino de
Cristo: “Et egresus eius a temporibus antiquis, a diebus aeternitatis”
— “Sus orígenes son de antaño, de días
de muy remota antigüedad” (Mq 5,1). Tal vez por malicia,
o por orgullo, o por un carácter débil, no tenían
fe suficiente para creer esa revelación. Esta pésima actitud
llevó a que San Juan Crisóstomo los asociara a la culpa
por la muerte de los Santos Inocentes, pues Herodes no se enfurecería
al saber que se trataba de un Rey eterno, por tanto, no de un rival
terrenal.
“Entonces Herodes, llamando en secreto a
los Magos, averiguó de ellos con exactitud el tiempo de la aparición
de la estrella”.
Llama la atención el adverbio secretamente. Según
Flavio Josefo, famoso historiador de aquel tiempo, era muy co-mún
que Herodes se vistiera como un cualquiera y se inmiscuyera entre la
gente para sondear directamente lo que se pensaba sobre su reinado.
12 Era su astuta forma de proceder. Estando ya seguro en cuanto a la
ciudad donde habría nacido su enemigo Mesías, ahora quería
conjeturar su edad aproximando la fecha de nacimiento del Niño
con el día de la aparición de la estrella.
“Y enviándolos a Belén, les
dijo: ‘Id e informaos con diligencia acerca del niño y,
cuando lo en-contréis, avisadme, para ir yo también a
adorarlo’”.
Hipócrita, se hace pasar por piadoso y amable para engañar
la sencillez, candor e inocencia de los Magos. No sin fundamento, algunos
autores denominan esa actitud como “iniquidad fraudulenta”.
IV
– DE JERUSALÉN A BELÉN
“Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino,
y la estrella que habían visto en Oriente iba de-lante de ellos,
hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver
la estrella se llenaron de una inmensa alegría”.
Dios siempre actuó así, recompensando a quienes son fieles
a su gracia. Es conmovedora la confianza impregnada de valentía
de esos Reyes Magos frente a un tirano con tan mala fama. No cabe duda
que los sostenía una especial moción del Espíritu
Santo.
Reaparece la estrella
¿Habrán partido de noche o durante el día? Ir de
Jerusalén a Belén demoraba dos horas de camino por un
conocidí-simo trayecto. Sin embargo, unos cuantos autores defienden
la tesis de que este desplazamiento se efectuó de día.
Pero, ¿cómo se explicaría entonces la reaparición
de la estrella? Unos dicen que no hicieron falta las sombras de la noche
por tratarse de un cuerpo luminoso en regiones atmosféricas más
cercanas a los Magos; otros interpretan este pasaje como si la estrella
sólo hubiera reaparecido a la entrada de Belén, ya que
no había cómo equivocarse de camino.
Leyendo estos versículos con devoción, se llega por momentos
a participar en la alegría de los primeros peregrinos a los lugares
santos.
La desaparición de la estrella había impuesto una prueba
a su confianza; ahora reciben el premio de la consola-ción. También
surge una pregunta en esto. ¿Por qué la estrella se ocultó
al llegar a Jerusalén y sólo rea-pareció en Belén?
¿Será que ya para entonces Jerusalén no era digna
de una señal tan pública y evidente? ¿O al contrario,
al esconderse, la estrella propició una mayor permanencia de
los Magos en la ciudad, y con eso la autenticidad del suce-so se hizo
más patente para todos sus habitantes?
Lo adoraron inspirados por el Espíritu
Santo
“Y entrando en la casa, vieron al niño
con María, su madre, y postrándose le adoraron; abrieron
sus tesoros y le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra”.
Emociona esta descripción de Mateo: “vieron
al niño con María, su madre”. Palabras
proféticas, inspiradas por el Es-píritu Santo, para dejar
constancia por todos los siglos que no se puede hallar a Jesús
sin María, y menos aún a María sin Jesús.
La Historia ha comprobado —y lo hará aún más—
que la devoción a la Madre conduce a la oración al Hijo,
y viceversa.
Llama la atención la referencia de Mateo al lugar donde estaba
el Niño: una casa, no una gruta. “Autores antiguos
como San Justino pensaron que, en efecto, ‘casa’ era un
eufemismo por ‘gruta’. San Jerónimo, en cambio, habla
varias veces de la gruta y no habla nunca del recuerdo ni de la presencia
en ella de los Magos. No sería nada improbable que la expresión
‘casa’ de Ma-teo tenga su sentido real. Situada esta escena
sobre año y medio de distancia del nacimiento de Cristo, no es
creíble que la Sagra-da Família hubiese permanecido albergada
en aquella gruta circunstancial; parece lo natural que hubiesen ocupado
una modes-ta casa. El v. 22 sugiere además que se habían
establecido en Belén”. 13
La adoración prestada por los Magos comprueba una vez más
la realidad de la acción del Espíritu Santo en sus almas,
tal como lo afirma Santo Tomás de Aquino:
“Los Magos son ‘las primicias de las naciones’
de los que creen en Cristo, en los cuales apareció, como un cierto
presa-gio, la fe y la devoción de las gentes, que venían
a Cristo desde países lejanos. Y por esto, así como la
devoción y la fe de las gentes están sin error por la
inspiración del Espíritu Santo, de la misma manera también
debe creerse que los Magos inspirados por el Espíritu Santo tributaron
sabiamente adoración a Cristo”. 14
En cuanto a los obsequios de los Magos, es un gesto que cumple la profecía
de Isaías: “Todos vienen de Saba, tra-yendo oro e incienso,
pregonando las glorias del Señor. En ti se reunirán los
ganados de Cedar; los carneros de Nabayot estarán a tu servicio.
Subirán como víctimas gratas sobre mi altar, y yo glorificaré
la casa de mi gloria” (Is 60, 6-7).
“Al reconocerlo como rey, ofrecieron la primicia exquisita y preciosa
del templo: el oro que guardaban. Por entender que era de naturaleza
divina y celestial, ofrecieron incienso perfumado, forma de oración
verdadera, ofrecida como suave olor del Espíritu Santo. Y en
reconocimiento de que su naturaleza humana recibiría sepultura
temporal, ofrecieron mirra”. 15
Volvieron por otro camino
“Avisados en sueños de que no volvieran
a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino”.
Dios jamás deja de proteger a quienes lo sirven con amor y fidelidad.
Si los Magos hubieran regresado con Hero-des, ellos mismos podrían
haber precedido a los Inocentes en la muerte.
A todos nosotros, Dios nos hace regresar a la Patria “por otro
camino”, según lo enseña San Gregorio Magno. In-felizmente,
dejamos el Paraíso Terrenal tras el pecado de orgullo de nuestros
primeros padres; más aún, nos hemos apartado de él
por apego a las cosas de este mundo y debido a nuestros propios pecados.
Dios, como Padre bueno, nos ofrece el Paraíso Eterno; para entrar
a él, sin embargo, se sigue el camino opuesto al del orgullo
y la sensualidad. Es la vía del desprendimiento, la obediencia,
la renuncia a nuestras pasiones. Dios nos ofrece un camino fácil
y segu-ro: “Ad Jesum per Mariam!” (¡A Jesús
por María!).
1
AQUINO, Sto. Tomás de – Suma Teológica
II-II, q. 84 a.1.
2 AQUINO, Sto.
Tomás de – Suma Teológica II-II, q. 81
a.6.
3 AQUINO, Sto.
Tomás de – Suma Teológica III, q. 36 a.
2c
4 AQUINO, Sto.
Tomás de – Suma Teológica III, q. 36 a.
3 ad I. La mención de San Agustín está en: Serm.
200, I: PL 38, 1028.
5 MOPSUÉSTIA,
Teodoro de – Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 6.
6 AQUINO, Santo
Tomás de – Suma Teológica III, q. 36 a.
3c.
7 TUYA OP, P.
Manuel de – Biblia Comentada. Madrid: BAC, 1964, v. II,
p. 35.
8 AQUINO, Sto.
Tomás de – Suma Teológica III, q. 36, a.
5 resp.
9 Ver cuadro anexo: No fue una
estrella celestial.
10 FILLION, Louis-Claude
– Vida de Nuestro Señor Jesucristo. v. I. Madrid:
Rialp, 2000. p. 7-8.
11 Homilías sobre el Evangelio
de Mateo, 6, 4 : PG 57, 67-68.
12 Cf. Antigüedades
de los judíos, 1. XV, c. 10, 4.
13 TUYA OP, P. Manuel de –
Op. cit. p. 39.
14 AQUINO, Sto.
Tomás de – Suma Teológica III, q. 36 a.
8.
15 ANÓNIMO
– Obra incompleta sobre el Evangelio de Mateo, 2: PG
56, 642.
Anexos
LA
MALICIA DE HERODES
Herodes maquina su muerte [del Mesías] con malicia de dolo. El
hombre malo es capaz de entender las cosas de Dios, pero no puede realizarlas,
dado que la inteligencia del hombre ha sido creada por Dios, pero el
obrar depende de la voluntad.
Herodes sí que vio el gran fervor de los Magos hacia Cristo;
y como no podía lograr su complicidad para dar muer-te al futuro
rey ni con zalamerías que los doblegaran, ni con amenazas que
los atemorizaran, ni con dinero que los corrompiera, se le ocurrió
engañarlos. De ningún modo podía seducirlos con
halagos para que traicionaran a Aquel por el cual habían realizado
un viaje tan fatigoso. Tampoco podían tener tanto miedo como
para entregar a Cristo, ellos que no tenían ningún interés
ni en Herodes ni en el César, pues habían entrado en su
reino anunciando a otro rey. Ni podían ambicionar nada más
que a Cristo los que le traían dones preciosos de una tierra
lejana.
Y cuando vio que no podía conseguir otra cosa, se puso a prometer
devoción cuando ya afilaba la espada, y pintaba con color de
humildad la perversidad de su corazón. Ése es el modo
de proceder de todos los malvados: cuando quieren producir un daño
muy grave contra alguien sin que se vea, se muestran con él humildes
y amigos.
(ANÓNIMO
– Obra incompleta sobre el Evangelio de Mateo, 2, PG
56, 640-641)
NO
FUE UNA ESTRELLA CELESTIAL
Según Crisóstomo, muchos indicios prueban que la estrella
aparecida a los Magos no fue una más de las estrellas del cielo.
1º – Porque ninguna otra sigue esta dirección, pues
se dirigía de norte a sur; tal es la posición de Judá
con relación a Persia, de donde vinieron los Magos.
2º – Por el tiempo, pues no sólo apareció de
noche sino también a pleno día; lo cual no es propio de
la potestad de una estrella, ni siquiera de la luna.
3º – Porque unas veces aparecía y otras se ocultaba;
así, cuando entraron en Jerusalén se ocultó, y
cuando abando-naron a Herodes, reapareció.
4º – Porque no tenía movimiento continuo: avanzaba
cuando era preciso que los Magos se movieran, y se detenía cuando
era oportuno que lo hicieran, a la manera de la columna de nubes en
el desierto.
5º – Porque indicó el parto de la Virgen no sólo
desde lo alto, sino descendiendo, como dice el Evangelio de Ma-teo:
“La estrella que habían visto en Oriente iba delante de
ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño”.
De donde se desprende que las palabras de los Magos, “vimos su
estrella en Oriente”, no deben entenderse como si hubieran visto
en Oriente una estrella situada en tierra de Judá, sino que la
vieron en el mismo Oriente y les precedió hasta Judá,
aunque haya quien considere dudosa esta opinión. Además,
no podría haber indicado claramen-te la casa si no estuviera
próxima a la tierra. Y, como dice también Crisóstomo,
eso no parece propio de una estrella sino de “algún poder
racional”. “Parece, pues, que esta estrella era una
virtud invisible transformada en la apariencia de una estrella”.
Por eso dicen algunos que así como el Espíritu Santo descendió
sobre el Señor al ser bautizado en figura de palo-ma, así
se apareció a los Magos en figura de estrella. Otros dicen que
el ángel que se presentó ante los pastores con forma humana,
se apareció a los Magos con forma de estrella. Sin embargo parece
más probable que fue una estrella creada de nuevo, no en el cielo,
sino en la atmósfera próxima a la tierra, y movida según
la voluntad divina. Por esta razón dice el Papa San León
(Sermón 31 sobre Epifanía): “A los Magos se
les apareció en el Oriente la estrella de la nueva claridad,
la cual, más resplandeciente y más bella que las demás,
atraía las miradas y ánimos de los que la contem-plaban,
a fin de que inmediatamente se advirtiese que un signo tan extraordinario
no existía sin motivo.”
(AQUINO,
Santo Tomás de – Suma Teológica III, q.36,
a.7 resp).
UN
GRAN REY SE LEVANTARÁ EN OCCIDENTE
El punto de partida de esta edad de oro, a la que debía presidir
un poderoso y glorioso personaje, sería Judá, según
la opinión común. Ya hemos dicho con cuanta ansiedad esperaban
los judíos al Mesías, precisamente en esta misma época.
Toda su literatura era mesiánica, como demuestran los abundantes
libros apócrifos que sin cesar avivaban el fuego e intensificaban
la esperanza.
Los hijos de Israel habían invadido la mayoría de las
provincias del Imperio y se entregaban en todos los sitios a un ardiente
proselitismo, sin hacer misterio ni de su religión ni de su Mesías;
gracias a ellos se habían originado y exten-dido aquellas esperanzas
que a tantos espíritus tenían en suspenso. Las religiones
paganas se descomponían y caían en ruinas. Los espíritus
más elevados se afiliaban en gran número al judaísmo
por lazos más o menos estrechos.
El presentimiento de que hablamos está formalmente atestiguado
por varios de los grandes escritores de Roma, en particular por Virgilio
(Eglog., 4, 4-52), Tácito (Hist., 5, 13) y Suetonio (Vespas,
4), como también por el historiador judío Flavio Josefo
(Bell. Jud., 6,5,4). Ya las antiguas tablas astronómicas de Babilonia
muestran vivo interés en Pa-lestina. En ellas se pueden leer
con bastante frecuencia predicciones expresadas en éstos términos:
“Cuando tal o cual cosa suceda, se levantará en el Occidente
un gran rey, y con él comenzará una verdadera edad de
oro”.
(FILLION,
Louis-Claude — Vida de Nuestro Señor Jesucristo,
Madrid: Rialp, 2000, v.I, p. 7-8).
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