I
– EL MAESTRO POR EXCELENCIA
“Nadie habló jamás como
este hombre” (Jn 7, 46). Ésa fue la respuesta
de los alguaciles a los pontífices y fariseos cuando éstos,
tras haberlos enviado para arrestar a Jesús, los interrogaron:
“¿Por qué nos lo han traído?”
(Jn 7, 45). A decir verdad, ¿qué maestro existió
en la Historia a la altura del único y verdadero Maestro? Si
Nuestro Señor es el Bien, la Verdad y la Belleza absolutas,
¿acaso no debería ser también la Pedagogía
en esencia? No olvidemos que Él es Dios, segunda persona de
la Santísima Trinidad, y por ende su pedagogía sólo
puede ser sustancial.
Además, el alma de Jesús fue creada
en la visión beatífica; por tanto poseía el conocimiento
otorgado a quienes contemplan todo el orden de la creación
en Dios mismo. Si no bastara con esto, recordemos que se le concedió
la ciencia infusa en su más alto grado; y como añadidura
a estas insuperables maravillas, estaba también el conocimiento
experimental. Ahora bien, todos estos tesoros convierten a quien los
posee en el maestro por excelencia; así pues, Cristo Nuestro
Señor enseñaba la verdad como nadie y con cualidades
pedagógicas tan eminentes como persona alguna las tuvo desde
Adán, ni las tendrá hasta el fin del mundo.
Por este motivo los mismos soldados que fueron a
arrestarlo por mandato del Sanedrín se depararon con un arduo
dilema: desobedecer las órdenes recibidas o verse obligados
a proceder contra su propia conciencia. De tal magnitud era la grandeza
manifestada por Nuestro Señor Jesucristo en su enseñanza,
que los soldados no pudieron sino preferir el riesgo de perder sus
puestos o incluso ser encarcelados.
Así era la luz que irradiaban las predicaciones
del Divino Maestro, abarcando inclusive a quienes estaban al servicio
del mal en aquella circunstancia.
Simplicidad y eficacia del método
Al margen de cualquier otro motivo, debemos afirmar
que Jesús, por ser el mejor de los maestros, sólo podría
haber recurrido al más eficiente de los medios de enseñanza.
Y por increíble que parezca, este Maestro eligió para
educarnos tal vez el más sencillo de los métodos, libre
de gongorismos y exageraciones. Sin floreos, sinuosidades ni hipérboles
innecesarias, carente de los desequilibrios de retóricas malpensadas,
su método redundaba en las más claras y beneficiosas
explicaciones.
Aunque Jesús toma como base los hechos comunes
y corrientes de la vida de aquel entonces, éstos nunca pierden
actualidad y así permanecerán hasta el fin de los tiempos,
puesto que en sus palabras se realiza el “Veritas Domini
manet in æternum — La verdad del Señor permanece
eternamente” (Sal 116, 2). La Verdad que Cristo enseñaba
era Él mismo; por tanto, era eterna como Él, no sólo
en lo que atañe a su origen sino también a su proyección
en el tiempo, por los siglos de los siglos.
Además las metáforas empleadas por
el Divino Maestro son útiles como elementos históricos,
para reconstruir la vida tal como era en esos tiempos.
Un tema fundamental: el Reino de Dios
La preocupación de Nuestro Señor Jesucristo
no se centraba en formar a grandes literatos ni genios científicos,
ni siquiera artistas excepcionales. Su empeño esencial era
dejar muy clara la doctrina que fundamentaba el Reino de Dios, el
cual está constituido esencialmente por la propia Iglesia Católica
y Apostólica; un Reino militante aquí en la tierra,
unido a un Reino padeciente y a otro riquísimo y triunfal.
Las parábolas de Nuestro Señor Jesucristo
tenían, pues, un objetivo esencial además de otros secundarios.
Prácticamente todas ellas giraban en torno a un tema fundamental:
el Reino de Dios. Eso mismo afirma el Papa Benedicto XVI: “El
tema central del Evangelio es: ‘el Reino de Dios está
cerca’. […] De hecho, este anuncio representa
el centro de la palabra y de la actividad de Jesús”. 1
La Iglesia se identifica con el Reino
de Dios
Es común que los comentaristas y estudiosos
consideren el fenómeno que se verifica con los fundadores:
si luego de su muerte la obra se mantiene tal como estaba durante
su vida, o conoce un desarrollo todavía más grande,
es una señal muy significativa de la existencia de un auténtico
soplo del Espíritu Santo sobre su persona y su acción.
En este caso, se tratará de un manifiesto deseo de la Providencia
Divina por promover la consolidación y expansión de
aquella obra.
Ahora bien, ninguna institución tuvo tanto
éxito a lo largo de los milenios, y todavía más
en el futuro, como la Iglesia Católica Apostólica Romana.
¿Existirá en la Creación algo que sirva de analogía
perfecta a este grandioso fenómeno? La vitalidad contenida
en la semilla y en el grano de mostaza, objetos de la predicación
del Señor que recoge el Evangelio de este domingo, serán
insuficientes para eso, máxime cuando consideramos los triunfos
que la Santa Iglesia deberá obtener hasta el día del
Juicio Final.
El dinamismo potencial que existe en una semilla
no podrá equipararse nunca —salvo como pálido
símbolo de la realidad— con la íntima, enérgica
y perseverante acción del Espíritu Santo sobre los fieles.
No hay obstáculo que impida la fuerza triunfante de la Iglesia,
puesto que ella se identifica con el Reino de Dios y, por eso, en
un momento dado habrá de conquistar el mundo entero.
Ciertos períodos de la Historia ya han registrado
este hecho; pero mucho más lo harán cuando, por voluntad
de Dios, todos conozcan la esplendorosa realización de las
palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Las puertas
del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18).
En esta ocasión se reconocerá una vez más la
patente divinidad de su Fundador.
II – PARÁBOLA DE LA SEMILLA
En el Evangelio del 11º domingo del Tiempo
Ordinario, Jesús propone dos parábolas para mostrar
el milagroso desarrollo de su Iglesia y la gran eficacia de la palabra
de Dios que, depositada en las almas, germina y crece por sí
sola, produciendo abundante fruto.
La primera de ellas, muy breve, sólo consta
en el Evangelio de San Marcos, siendo omitida por San Mateo y San
Lucas; su sentido, sin embargo, es profundo y está lleno de
riqueza.
Y decía: “El Reino de Dios viene a
ser como un hombre que echa semilla sobre la tierra”.
En la avalada opinión de los Santos Padres,
asumida y comentada por Maldonado, el Reino de Dios en esencia es
la Iglesia. La semilla es interpretada como la predicación
de la Palabra de Dios. A su vez, la tierra representa a los oyentes,
con una pequeña diferencia respecto a la parábola del
sembrador, narrada poco antes: que aquí sólo se contempla
a los buenos oyentes, los que ponen en práctica la enseñanza
evangélica y rinden una considerable cosecha.
Por fin, el hombre que arroja la semilla es el propio
Cristo, venido al mundo “a dar testimonio de la verdad”
(Jn 18, 37) como lo dirá Él mismo delante de Pilatos.
No obstante, dada la íntima unión de Nuestro Señor
Jesucristo con sus ministros y con todos cuantos por el Bautismo se
convierten en hijos de Dios, el hombre de la parábola representa
también a quienes, en nombre de Jesús, se dedican al
anuncio del Evangelio. 2
Eficacia de la palabra de Dios
“Y duerma o vele, noche
y día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo”.
Dios creó las cosas materiales de forma que
el hombre, al analizar su simbología, pudiera elevarse hasta
los más altos páramos de la Creación. Así,
el dinamismo que existe en los vegetales es una hermosa imagen de
la acción de Dios en las almas, muchas veces silenciosa e imperceptible,
como afirma San Gregorio Magno: “La semilla germina y crece
sin él darse cuenta, porque, aunque todavía no puede
advertir su crecimiento, la virtud, una vez concebida, camina a la
perfección, y de suyo la tierra fructifica, porque, con la
gracia, el alma del hombre se levanta espontáneamente a la
perfección del bien obrar”. 3
No olvidemos que, como escribe Maldonado, “el
fin de toda la parábola es demostrar la gran eficacia de la
palabra de Dios, la cual con sólo caer en tierra, como decía
en la parábola anterior, aunque no se haga más, luego
crece por sí misma, crece y lleva fruto”. 4
Más adelante, el docto jesuita concluye:
“Al proponer Cristo esta parábola parece que se propuso
no sólo enseñar la gran fuerza innata de la palabra
de Dios para germinar por sí misma, sino también quitar
a los apóstoles toda ocasión futura de vanagloria” 5.
Lo que equivale a decir con palabras del Apóstol: “Ni
el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento”
(1 Cor 3, 7).
Necesidad de nuestra libre cooperación
La fuerza latente en una semilla para hacer germinar
la planta es imagen del vigor propio de la gracia y de los carismas
cuando actúan en el alma humana. Pero para que esta semilla
nazca y dé fruto hace falta nuestra libre cooperación.
Sobre esto afirma el cardenal Gomá: “Esta
tierra, dice el Crisóstomo, es nuestra libre voluntad: porque
no todo lo hace el Señor en la obra de nuestra salvación,
sino que la confía a nuestra libertad, a fin de que la obra
sea espontánea. Es verdad que sin Dios nada podemos hacer en
el orden sobrenatural, pero también es cierto que Dios no nos
salvará sin nuestra libre cooperación. El fruto de la
vida eterna es de la semilla y de la tierra, de Dios y del hombre”. 6
De manera análoga, los predicadores no pueden
despreocuparse de los fieles en quienes sembraron: “Mas
dirá alguno: ‘¿Por ventura quiso Cristo enseñar
que pueden despreocuparse los predicadores del Evangelio una vez que
han echado la semilla de la palabra de Dios? De ninguna manera; antes
hay que exhortar, animar y confirmar una y otra vez a los que han
oído la palabra de Dios, para que conserven lo que ya tienen,
no sea que reciba otro su recompensa o arrebate el diablo la semilla”. 7
Es interesante notar, finalmente, el asunto planteado
por Maldonado sobre la aparente ausencia del sembrador principal,
que simboliza a Cristo.
“Podría dudar el lector cómo
se puede entender de Cristo esta parte de la parábola, pues
siendo Él el sembrador principal de la palabra de Dios, si
después de sembrada no hiciera nada más en el ánimo
de los oyentes (regándolos con su gracia, etc.), jamás
germinaría la palabra divina ni llevaría fruto. Se cumple
en Él, de algún modo, que es uno mismo el que como hombre
siembra y como Dios hace fructificar: en cuanto hombre, siembra, al
modo como sembraron luego los apóstoles; en cuanto Dios, hace
crecer con su gracia, como si regase el alma con lluvia continua”. 8
Las etapas de la vida espiritual
“La tierra por sí
misma da el fruto: primero la hierba, después la espiga, y
finalmente el grano maduro en la espiga.”
El paulatino crecimiento de la planta se demuestra
también rico en simbolismo. Tras un lento germinar el tallo
emerge de la tierra, tierno y débil al principio, pero ya en
busca del sol. Va creciendo poco a poco y brota una espiga, en la
cual se forman los granos, fruto anhelado por el sembrador.
Algunos autores como San Beda y San Gregorio Magno
interpretan esta parte de la parábola como una alusión
a las varias etapas de la vida espiritual. El alma, a semejanza del
trigo recién brotado, cuando se abre a la vocación se
siente ávida de enseñanza y doctrina, maravillándose
ante todo lo que la encamina al Cielo. Sin embargo, todavía
no se ha formado en ella la raíz necesaria para dar firmeza
a los buenos propósitos; solamente después de haber
enfrentado valerosamente las tempestades y los vientos de las probaciones
se volverá apta para producir el fruto agradable de las buenas
obras.
San Jerónimo, por su parte, se basa en este
pasaje para sintetizar así las tres edades de la vida interior:
“ ‘Primero la hierba’, esto es, el temor, porque
el principio de la sabiduría es el temor de Dios (Sal 110, 10).
‘Después la espiga’, es decir, la penitencia que
llora; ‘y, por último, el grano maduro en la espiga’,
o la caridad, porque la caridad es la plenitud de la ley (Rom 13, 10)”. 9
Las dos venidas de Cristo
“Y cuando el fruto está
a punto, en seguida mete la hoz, porque es la hora de la siega”.
En este versículo el propietario de la plantación
entra nuevamente en escena. En realidad no se había ausentado,
sino que seguía velando por los granos que sembró, como
apunta Maldonado: “No deja de ayudar Cristo al campo ya
sembrado, o sea a nosotros; antes nos defiende con su gracia, no se
lleve Satanás la semilla de la palabra de Dios que hemos concebido”. 10
No obstante, sólo en dos momentos de la Historia
se vuelve patente y manifiesta la presencia del Dueño de la
Mies: la primera vez para sembrar el trigo del Evangelio, cuando vino
a salvar y no a condenar (Jn 3, 17); la segunda, “cuando
venga en su gloria el Hijo del hombre” (Mt 25, 31)
para juzgar a los vivos y los muertos; entonces Él meterá
su hoz afilada sobre el campo de la tierra, y ésta será
segada (Ap 14, 14 y ss.).
III – PARÁBOLA DEL GRANO
DE MOSTAZA
Si en la parábola de la semilla quiso resaltar
Jesús el dinamismo intrínseco de la Palabra de Dios,
alimentada por la gracia, en la del grano de mostaza se pone de relieve
su gran poder transformador.
Sobre esto comenta el Padre Manuel de Tuya: “La
comparación se establece entre ‘lo más pequeño’
que viene a hacerse ‘lo más grande’. De igual modo
sucedería con el reino: en los comienzos es mínimo,
son pocas personas las que se le unen, pero vendría a ser muy
grande, tanto que cabrán en él multitudes”. 11
Y el Cardenal Gomá añade: “El
objetivo de la parábola es demostrar la fuerza expansiva de
la semilla del Reino de Dios que trajo al mundo Jesús. Si de
esta semilla sólo se salva una parte, según la primera
parábola, y aun ésta se verá mezclada con mala
semilla, según la parábola de la cizaña: ¿qué
va a quedar del reino de Dios? Con esta parábola quita Jesús
todo temor: la fuerza de la semilla es inmensa, y vencerá todos
los obstáculos, aunque parezca pequeña”. 12
Un diminuto grano de admirable potencia
vegetativa
“Y decía: ¿A
qué asemejaremos el Reino de Dios o con qué parábola
lo compararemos? Es como un grano de mostaza, que cuando se siembra
en la tierra es la más pequeña de las semillas de la
tierra”.
Jesús se vale de una imagen agrícola
muy común en Israel y en todo el Oriente. La pequeñez
del grano de mostaza era proverbial entre los judíos, y el
Divino Maestro no lo eligió en vano como figura del Reino de
Dios, para hacer así todavía más expresivo el
ejemplo propuesto.
Esta semilla, aunque diminuta, posee una admirable
potencia vegetativa. En las huertas de Palestina, como explica Fillion,
se la cultivaba con frecuencia por sus propiedades medicinales, y
el Talmud describe sus plantas, verdaderos árboles que alcanzaban
a veces los tres metros de altura y podían soportar el peso
de un hombre, sin peligro de romper sus ramas. 13
El simbolismo del grano de mostaza es interpretado
de distintas formas por los comentaristas. Para el Cardenal Gomá
“representa a Jesús, que el Padre envió al
campo del mundo en figura de siervo, ‘oprobio de los hombres
y desprecio de la plebe’ (Sal 21, 7)”. 14
En el mismo sentido se pronuncia San Pedro Crisólogo:
“Cristo es el reino que, como grano de mostaza plantado
en el huerto de un cuerpo virginal, creció por todo el orbe
en el árbol de la cruz, y fue tan grande el sabor de su fruto
que se consumió con la pasión, para que todo viviente
guste y se alimente con su contacto”. 15
Y San Ambrosio agrega: “El mismo Señor
es también un grano de mostaza. Él estaba lejos de cualquier
clase de falta, pero, al igual que en el ejemplo del grano de mostaza,
el pueblo, por no conocerlo, no tuvo contacto con Él. Y prefirió
ser triturado, con el fin de que pudiéramos decir: ‘Nosotros
somos delante de Dios el buen olor de Cristo’ (2 Cor 2, 15)”. 16
Triturado, el grano esparce su fuerza
“Pero una vez sembrado,
crece y se hace mayor que todas las hortalizas…”
El grano de mostaza es también un símbolo
de la predicación evangélica y de la propia Iglesia,
iniciada por Jesucristo y continuada por los discípulos, en
Judea primero y después en el mundo entero.
¿Quién creería que ese puñado
de hombres simples que seguían a Jesús bastaría
para que la nueva doctrina enseñada por el Maestro fuera conocida,
amada y practicada en toda la tierra? Sólo una osadía
divina sería capaz de concebir este plan e infundir en las
almas de sus seguidores el valor para llevarlo a cabo.
La Iglesia nacería tal como la semilla, que
se rompe para dar lugar al árbol. Cristo les profetizó
a sus discípulos dificultades, sufrimiento y persecución.
Afirma San Ambrosio: “No hay duda de que
el grano de mostaza es algo vil y pequeñísimo, y solamente
cuando se le tritura es cuando esparce su fuerza. También la
fe parece al principio algo simple, pero, una vez puesta a prueba
por la adversidad, expande la gracia de su valor, hasta tal punto
que con su perfume embriaga a todos los que oyen o leen algo sobre
ella”. 17
Un autor francés del siglo XVIII apunta con
literaria belleza la necesidad que toda alma tiene de sufrir: “Este
grano no tiene fuerza mientras permanece intacto, pero cuando se lo
muele o aplasta adquiere una viva y picante acidez. He ahí
un hermoso símbolo del cristiano en esta vida: cuando no tiene
nada que sufrir suele carecer de fuerza y de vigor; pero cuando es
perseguido, oprimido, pisoteado, cuando sufre, cuando queda reducido
a polvo, ahí entonces su fe se hace más viva, su amor
más ardoroso, su corazón más inflamado con el
fuego del Espíritu Santo, en el cual se ha abrasado. Esto es
lo que le da nuevo vigor”. 18
El árbol de la Iglesia, reposo de los sabios
“…y echa ramas tan grandes, que a su
sombra pueden anidar las aves del cielo”.
Al colocar este hermoso detalle como término
de la parábola, Jesús presagiaba la victoria de su doctrina
incluso entre los más poderosos. Los genios, los filósofos,
los sabios, renunciando a la vanidad de su ciencia, vendrían
a reposar a la sombra de la palabra del Evangelio, la única
que ilumina y apacigua la conciencia.
Teofilacto escribe sobre esto: “Pequeñísima
es, es verdad, la palabra de la fe: Cree en Dios, y serás salvo;
pero, predicada en la tierra, de tal modo se ha dilatado y aumentado,
que las aves del cielo, esto es, los hombres contemplativos y de verdadero
entendimiento, habitaban a su sombra. ¡Cuántos sabios,
abandonando la sabiduría de los gentiles, han encontrado su
reposo en el Evangelio anunciado!” 19
Y el Cardenal remata pintorescamente: “Son
golosas las aves de la semilla de este arbusto, y se posan en sus
ramas para comerla. Representan esas avecillas a las gentes de todo
el mundo que vienen a posarse en el árbol de la Iglesia, para
recibir sus beneficios”. 20
IV – “BUSCAD LAS COSAS DE ARRIBA”
“Con muchas parábolas
semejantes les anunciaba la palabra, según podían comprenderla;
y no les hablaba sin parábolas. Pero a sus discípulos
les explicaba todo aparte”.
Dios respeta lo que ha creado; así, habiendo
dado libertad al hombre, no la quebranta para imponerle sus designios.
Muy al contrario, siempre le permite dar adhesión al bien,
sin coacción de ninguna clase. Claro está que si el
hombre rehúsa el camino del bien y opta por el del mal, pierde
su libertad. Dios procede así para poder premiarlo con sus
dones y beneficios.
Esta es una de las razones esenciales que llevaron
a Nuestro Señor Jesucristo a enseñar mediante parábolas
en vez de utilizar un lenguaje directo y coercitivo. Frente a la parábola,
fácilmente alguno podrá darle una interpretación
distinta de la real, y con eso no se vuelve tan condenable como lo
sería rechazando de manera tajante una invitación de
Dios. La parábola es el mejor de los medios para permitir el
uso meritorio de la libertad que Él concedió al hombre.
Por eso Nuestro Señor les hablaba a todos a través de
metáforas, y en la intimidad socorría la inteligencia
de los Apóstoles, explicándoles el significado más
profundo de todo cuanto había dicho. Así los Apóstoles,
robustecidos con la gracia creada por Él e infundida en el
fondo de sus almas, tenían más posibilidades de aceptar
virtuosamente todas las invitaciones que Cristo hacía de manera
muy genérica e insinuada a la opinión pública
que lo escuchaba.
Quien analizara ambas parábolas bajo un punto de vista meramente
humano, sin subir hasta su más alto significado, limitaría
su capacidad de relacionarse con Dios y estaría más
preocupado con las cosas “de abajo” que con las
“de arriba” (Jn 8, 23). Por tanto, quedaría
al margen del consejo entregado por San Pablo: “Si habéis
resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está
sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en
las de la tierra” (Col 3, 1-2).
Muchas veces, contemplar un hermoso edificio proyectado en las plácidas
aguas de un lago, podrá fascinar a quien fije su atención
en él. Pero este deslumbramiento se basa en que la figura es
un reflejo de algo real; si por absurdo sólo existiera aquella
proyección, no causaría el menor encanto porque el hombre
tendría noción clara de que al mover las aguas, aquella
belleza se desvanecería. Sin embargo, tratándose de
una realidad reflejada en las aguas, éstas pueden ser agitadas
sin que el original proyectado en ellas sufra nada, ya que seguirá
existiendo inalterado.
El mismo papel cumplen los símbolos a los que recurre Jesús
para instruir a sus oyentes, ya se trate de las semillas o del sembrador;
por más que dejaren de existir, su Creador es eterno y nada
podrá modificarlo. Por eso, en la contemplación de los
reflejos hermosos, no hay nada más benéfico para nosotros
que elevar nuestra mirada hacia quien es la causa eficiente, formal
y final de todo el Universo.
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1
BENEDICTO XVI – Gesù di Nazaret, Roma: Rizzoli,
2007, pág. 70.
2 MALDONADO,
SJ, P. Juan de – Comentarios a los cuatro Evangelios –
II: Evangelios de San Marcos y San Lucas. Madrid: BAC, 1950, pág.
98.
3 Obras de
San Gregorio. Madrid: BAC, 1958, pág. 416.
4 MALDONADO, SJ, P. Juan
de – Op. cit., pág. 98.
5 Ídem, pág.
101
6 GOMÁ
Y TOMÁS, Cardenal D. Isidro – El Evangelio Explicado.
Barcelona: Rafael Casulleras, 1930, vol. 2, pág. 274.
7 MALDONADO, SJ –
Op. cit., pág. 100.
8 Ídem, pág.
101.
9 Apud AQUINO,
Sto. Tomás de – Catena Aurea.
10 MALDONADO, SJ, P. Juan
de – Op. cit., pág. 99.
11 TUYA, OP,
Manuel de – Biblia Comentada. Madrid: BAC, 1964, vol.
2, pág. 654.
12 GOMÁ Y TOMÁS.
Op. cit., pp. 276-277.
13 FILLION, Louis
Claude – Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid:
Rialp, 2000, vol. 2, pág. 188.
14 GOMÁ Y TOMÁS.
Op. cit., pág. 277.
15 Apud ODEN,
Thomas C. y HALL, Christopher A. – La Biblia comentada por
los Padres de la Iglesia. Madrid: Ciudad Nueva, 2006, vol. 2, pág.
117.
16 Ídem, ibídem.
17 Ídem, ibídem.
18 Epitres
et Evangiles avec des explications – París: Jean Mariette,
1727, vol. 1, pág. 246.
19 Apud AQUINO,
Santo Tomás de – Catena Áurea.
20 GOMÁ Y TOMÁS.
Op. cit., pág. 277.
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