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El
Tribunal Examinador del “Angelicum”, de Roma,
ha otorgado la máxima nota a la tesis doctoral de
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, titulada
“Génesis y desarrollo del Movimiento Heraldos
del Evangelio y su reconocimiento canónico”.
En Roma, centro de formación académica de
los clérigos del mundo entero, se destaca la célebre
Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino,
conocida como Angelicum. El origen de esta institución
de enseñanza superior —que pertenece a la Orden
de Predicadores, fundada por Santo Domingo de Guzmán—
se remonta al Studium medieval, constituido en 1220. Las
facultades de Filosofía y de Derecho Canónico
tienen una tradición más que secular: la primera
fue fundada en 1882 y la segunda en 1896.
Contenido de la tesis
doctoral
En esa famosa universidad Mons. João Scognamiglio
Clá Dias, EP, presentaba el pasado 27 de noviembre
la defensa de su Tesis de Doctorado en Derecho Canónico,
titulada Génesis y desarrollo del Movimiento Heraldos
del Evangelio y su reconocimiento canónico, que tiene
por finalidad determinar qué figura jurídica
es la que más le conviene a dicho Movimiento.
Está compuesta por tres capítulos. En el
primero se analizan las diferentes expresiones asociativas
existentes en la actual legislación canónica. En el siguiente se describe el recorrido vocacional del
fundador y también la evolución jurídica
del Movimiento desde su origen hasta el momento presente;
aún en este capítulo se explica detallada
y rigurosamente el importante papel desempeñado por
el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en la formación
religiosa, filosófica y cultural de Mons. João
Clá, dejando patente de esta manera cómo el
pensamiento y la personalidad de esa destacada celebridad
del laicado católico del siglo XX influyeron sobre
el carisma de los Heraldos del Evangelio. El tercer capítulopresenta
los elementos esenciales de ese don concedido por Dios al
Movimiento y su espiritualidad, la cual puede ser resumida
en una ardiente devoción a la Sagrada Eucaristía,
a María y al Papa. Por último, el autor desenvuelve
importantes y provechosas conclusiones.
La opinión de
los examinadores
El Tribunal Examinador estaba constituido por el P. Bruno
Esposito,OP, decano de la Facultad de Derecho Canónico
y orientador de la tesis, por el P. Jan Sliwa, OP, vicedecano,
y por el P. Marcelo Santos das Neves, OP, reputado profesor
de esa misma Facultad y censor de la tesis.
Tras la exposición, tanto P. Bruno Esposito como
P. Marcelo Santos das Neves le hicieron varias preguntas
a Mons. João Clá y a continuación dieron
su parecer sobre el trabajo presentado. Incluso, resaltaron
que era la primera defensa de una tesis hecha por un fundador
en el Angelicum. Dado lo relevante de las opiniones de estos
considerados profesores, publicamos en las siguientes páginas
el texto del veredicto de cada uno.
La tesis doctoral, que recibió la máxima nota,
será publicada próximamente en Brasil y estará
disponible en portugués, español, italiano
e inglés. |
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“Quizá
por primera vez [en el ‘Angelicum'], es el propio
fundador quien presenta,
de un modo científico, la historia y la actualidad
de esa realidad eclesial que, bajo la moción
del Espíritu Santo, ha nacido también gracias
a él", declara el Moderador de la Tesis. |
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P. Bruno Esposito, OP
Moderador de la Tesis
I - Aspectos destacables
de la tesis
En la Constitución Apostólica Sapientia christiana
, que regula actualmente a las universidades eclesiásticas,
al tratar sobre el ciclo de doctorado, leemos: “Para
conseguir el doctorado se requiere además una disertación
doctoral que contribuya efectivamente al progreso de la
ciencia, que haya sido elaborada bajo la guía de
un profesor, discutida públicamente, aprobada colegialmente
y publicada al menos en su parte principal”. 1
Historia y actualidad
de una realidad eclesial presentadas por el propio fundador
 |
Los
componentes del Tribunal Examinador — P. Marcelo
Santos das Neves, OP, P. Bruno Esposito, OP, y P.
Jan Sliwa, OP — oyen atentamente la defensa
de tesis |
Los efectos que produce en la ordenación canónica,
es decir, la habilitación para poder enseñar
en una facultad y la idoneidad para desempeñar altos
cargos eclesiásticos, 2 subraya su valor y su importancia
en el sistema de estudios eclesiásticos: debe ser
fruto de un auténtico trabajo de investigación
y no limitarse sólo a una mera compilación
.
En la actual normativa, está permitido defender
una tesis doctoral tras haberse inscrito durante un año
en el tercer ciclo. Sin embargo, esta tarea científica
requiere tiempo y sobre todo experiencia, la cual sólo
se conquista, a nuestro entender, después de una
iniciación en la enseñanza como asistente
de otro profesor o en un seminario mayor, lo que, además,
está contemplado en la legislación a respecto
de esta materia (cf. Normae quaedam de 20-VI-1968, n. 44,
c).
Normalmente se llega a este estadio tras largos años
de estudio o por la familiaridad con el objeto de la propia
pesquisa, ya en una edad madura, a diferencia de lo que
acostumbra suceder en los sistemas universitarios civiles.
Pues bien, originalidad, cientificidad y experiencia se
conjugan de una manera muy particular en el presente trabajo
de Mons. Scognamiglio Clá Dias, EP, en cuanto que,
quizá por primera vez, es el propio fundador quien
presenta, de un modo científico, la historia y la
actualidad de esa realidad eclesial que, bajo la moción
del Espíritu Santo, ha nacido también gracias
a él.
Asunto crucial abordado
sin preconceptos
A la vez, el autor lleva en consideración y muestra
algunas posibilidades para que, en un futuro, pueda haber
un reconocimiento canónico de otra índole
del Movimiento Heraldos del Evangelio, con el fin de salvaguardar
la unidad del carisma recibido. Un aspecto sensible para
el corazón de quien tiene conciencia de ser “padre”
y “responsable” de aquello que le fue confiado
por la Providencia Divina para el bien de toda la Iglesia,
pero igualmente importante para los que escogieron abrazar
tal carisma, y también para quienes, en la Iglesia,
ejercen el servicio de la autoridad en nombre de Cristo.
Dado la social composición de la Iglesia, es de
una importancia crucial resolver la relación entre
“carisma” — “carismainstitución”
— “institucionalización del carisma”,
y para eso sirve el auxilio precioso e indispensable de
la ciencia canónica, cosa que el candidato ha comprendido
y aplicado plenamente, sin ningún tipo de preconcepto
ideológico, al que están expuestos, infelizmente,
muchos en la Iglesia, tanto ayer como hoy, que oponen a
la Iglesia de la Caridad y del Espíritu contra la
Iglesia de la institución y del derecho.
Una nueva categoría
jurídica que salvaguarde la unidad del carisma
 |
“El
candidato estudia ampliamente, y de modo científico,
toda esta cuestión partiendo del derecho vigente
y examinando la historia de los diversos reconocimientos
canónicos de los Heraldos del Evangelio” |
De la presentación que acabamos de oír, surge
el esquema de la pesquisa realizada a partir del análisis
de la realidad asociativa de la Iglesia y de las diversas
formas de reconocimiento canónico (cap. I: p. 13-125);
en el capítulo siguiente se expone la génesis
y el desarrollo del carisma de los Heraldos del Evangelio
(cap. II: p. 126-233); y se concluye con el examen analítico
del carisma, de la espiritualidad y de las finalidades de
los Heraldos (cap. III: p. 234-287). En las conclusiones,
el candidato propone, a la luz del estudio realizado, la
elaboración de una nueva categoría jurídica
que salvaguarde la unidad del carisma. De hecho, en la situación
actual se registra una “fragmentación”
del carisma de los Heraldos en varias entidades jurídicamente
independientes (cf. p. 292) y se pregunta, entonces, si
será suficiente un simple “vínculo”
espiritual entre dichas realidades para garantizar en el
futuro su unidad (cf. p. 293).
El candidato estudia ampliamente, y de modo científico,
toda esta cuestión partiendo del derecho vigente
y examinando la historia de los diversos reconocimientos
canónicos de los Heraldos del Evangelio, pero a la
vez poniéndose en una perspectiva de iure condendo
. Aunque, antes de su publicación, deban ser revisados
algunos puntos, el trabajo merece ser publicado íntegramente
o en parte —a criterio del candidato—, una vez
efectuadas las correcciones indicadas por el moderador y
ocasionalmente por el censor. Por cierto, tal publicación
contribuirá no sólo para el bien de los Heraldos
del Evangelio y para el conocimiento de su propia historia
para las generaciones futuras, sino también servirá
para que muchos, entre el pueblo de Dios, tomen conciencia
de la importancia, en ese sentido, para que sean animados
por la Fe y por la búsqueda sincera de la voluntad
de Dios, que no desdeña ni rechaza los instrumentos
jurídicos, sino al contrario, los utiliza con el
espíritu de libertad de los hijos de Dios, siempre
en la obediencia al Vicario de Cristo y al Colegio Episcopal.
II - Preguntas y respuestas
P. Bruno Esposito: En la página
29, nota 58, citando a Juan Pablo II, se alude a la distinción
entre “carisma originario” y su paso al movimiento.
¿Qué piensa sobre eso? ¿Existe una
diferencia entre el “carisma del fundador” y
el “carisma de la fundación”? A propósito
de esto, ¿qué piensa sobre el papel de la
autoridad eclesiástica y la justificación
teológico-jurídica?
Mons. João Clá: El asunto
“Fundadores” ha sido estudiado, sobre todo,
después del Concilio. Aunque en realidad, fundadores
y fundaciones existen prácticamente desde el principio
de la humanidad. Dios actúa sobre los hombres, en
la mayoría de los casos, de manera indirecta, haciendo
que unos conozcan la verdad a través de otros. Y
de este juego de relaciones entre los hombres y Dios es
de donde surgen los fundadores.
Tomemos, por ejemplo, del Antiguo Testamento, a Elías.
Es considerado el fundador de la Orden carmelita. Ante Acab
y Jezabel manifiesta un carisma muy combativo, enérgico
y vigoroso, e incluso militante.
Propone una disputa contra los profetas de Baal y éstos,
habiéndola perdido, son muertos a manos suyas. Ni
más ni menos que 450 hombres son los que Elías
degüella con su propio brazo.
Pero eso no forma parte del carisma de la Orden carmelita;
no puede afirmarse que todo carmelita deba llevar una espada
en la mano. Por lo tanto, pueden existir diferencias, evidentemente,
entre el carisma del fundador y el carisma institucional,
porque éste, el carisma de la fundación, va
adquiriendo sus características de acuerdo con las
exigencias de los tiempos.
Lo que también pasa muchas veces es que hay un soplo
del Espíritu Santo sobre el fundador que no se repite
con sus seguidores.
Éstos poseen porciones del carisma, pero es muy
raro que un seguidor reciba la totalidad de los dones de
su fundador. La institución, en su todo, se encuentra
en la fuente del carisma, que es el fundador. Siempre que
una orden religiosa, un instituto o una asociación
se aparta del carisma inicial, la obra fenece porque el
Espíritu Santo da gracias superabundantes si hay
una entera conexión entre la institución y
el carisma del fundador.
¿Luego hay diferencias entre el carisma del fundador
y el de la fundación? En aspectos secundarios, sí;
aunque la esencia debe ser siempre la misma.
En cuanto a la justificación teológico- jurídica
del carisma, el asunto es muy discutido, pero se resuelve,
a mi entender, de una manera muy sencilla, porque al final
de cuentas todo es Iglesia, todo es moción del Espíritu
Santo.
Quien inspira al fundador es el Espíritu Santo.
Quien hace que nazca la institución es el Espíritu
Santo.
Quien tomará al fundador y a la institución
para darle una formulación jurídica propia
que le dé solidez, será el jurista, de eso
no hay duda. Pero el jurista también debe recibir
el soplo del Espíritu Santo, porque la Iglesia, cuando
se va a pronunciar a respecto de este asunto, necesita gozar
de un apoyo especial del Espíritu Santo, para que
no haya equivocación alguna.
Entonces, el fundador debe ser iluminado por el Espíritu
Santo a tener confianza en su institución y a tener
confianza en la jurisprudencia.
La institución debe confiar en su fundador y en
la jurisprudencia.
Y aquel que va a usar sus conocimientos de derecho canónico
para encontrar la formulación jurídica adecuada,
debe estar asistido por el Espíritu Santo a fin de
comprender cuáles son los anhelos del fundador y
la finalidad por la cual el Espíritu Santo ha inspirado
esa fundación.
¿La rama sacerdotal
es parte del carisma?
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“Pero
lo que más me tocó profundamente y me
dio idea sobre la universalidad de este carisma fue
la convivencia
con el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira”
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P. Bruno: En la página 190 se dice
que una asociación privada de fieles, al no poder
incardinar a ministros consagrados, corre el riesgo de ver
disuelto su carisma. ¿Podría explicar mejor
esta afirmación? Además, en la conclusión
(cf. p. 291) se habla de la rama sacerdotal. En definitiva,
¿su surgimiento hace parte del carisma o es efecto
de una necesidad práctica: proveer asistencia espiritual
a los asociados?
Mons. João Clá: A cierta
altura, el Movimiento creció tanto que ya no era
posible contar más con una asistencia espiritual
externa. Incluso porque el propio carisma podría
sufrir una decoloración, es decir, podría
ser desvirtuado por determinados sacerdotes.
Infelizmente hemos tenido varias experiencias negativas
en ese sentido. Fue entonces por una razón práctica
—administrar los sacramentos a los propios miembros—
por la que se creó la rama sacerdotal.
Y el Espíritu Santo sopla donde quiere, como quiere
y, a veces, en los momentos más inesperados. Ocurrió
que los miembros de la Sociedad de Vida Apostólica
Clerical Virgo Flos Carmeli, una vez ya constituida, se
dieron cuenta de que el carisma de los Heraldos no podía
ser ajeno al sacerdocio. Ya que nuestro carisma se caracteriza
por una peculiar visión de todo el universo y que
no es posible sacralizar el mundo sin la mano y la bendición
de la Iglesia, era necesario que existiera una rama sacerdotal
dentro de la Institución.
Con la ordenación de heraldos presbíteros,
el carisma se hizo mucho más sólido, mucho
más penetrante, mucho más amplio y, por tanto,
mucho más eficaz.
Comenzó por una razón práctica y hoy
se llega a la conclusión de que, de hecho, la rama
sacerdotal es indispensable a este carisma.
¿Finalidad laical
o “consecratio mundi”?
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El
Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, a finales
de la década de los 50, cuando publicó
el libro
“Revolución y Contra- Revolución”
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P. Bruno: En las páginas 290 a
291 se habla de “finalidad laical” y, después,
de la finalidad como “consecratio mundi”. ¿Se
trata de un lapso o le gustaría explicarnos qué
es lo que entiende por eso?
Mons. João Clá: Tuve la
dicha de conocer a muchos dominicos, sobre todo españoles.
Aquí en Roma, pude constatar como el P. Raimundo
Spiazzi era una lumbrera. Traté mucho con el P. Fernando
Castaño, durante los tres períodos en los
que fue rector de esta universidad, además de haber
estado con él en varias ocasiones también
en España.
Con quien conviví más fue con el P. Antonio
Royo Marín, OP, y sobre todo con el P. Victorino
Rodríguez y Rodríguez, OP El P. Royo Marín
me abrió de par en par las ventanas —muy amplias—
de la Teología y a través de ellas me fue
dada la oportunidad de comprender con profundidad la importancia
esencial del ministerio sacerdotal.
Prueba de esta amistad es el hecho de que nos hiciera herederos
de su biblioteca y escritos personales.
Con el P. Victorino, discípulo perfecto del P. Santiago
Ramírez, OP, mantuve también unas enriquecedoras
relaciones, de las que aprendí mucho.
En las conversaciones con todos ellos, y en sus clases
y exposiciones, los temas siempre eran elevados y de una
óptima sustancia.
Había sido a través de esta convivencia que
ellos me fueron abriendo los horizontes.
Pero lo que más me tocó profundamente y me
dio idea sobre la universalidad de este carisma fue la convivencia
con el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira. En su libro
Revolución y Contra-Revolución , analiza todo
el proceso revolucionario a lo largo de la Historia, desde
la Edad Media hasta nuestros días, llegando al comunismo
y a la IV Revolución, que es el tribalismo.
Considerando ese estudio, entre otros, y sobre todo, por
el hecho de haber podido acompañarle muy de cerca
a lo largo de cuarenta años, fue que, más
adelante, me quedó patente cómo nuestro carisma
debería aplicarse a todo.
Ahora bien, siempre tuve un respeto grandísimo por
las personas consagradas. Para mí, un sacerdote era
un ángel. Fuese quien fuese, por el hecho de ser
un ministro de Dios, quedaba marcado con un sello muy especial,
por encima del orden de la Creación. Y comprendía
perfectamente aquella afirmación de San Juan Bautista
Vianney, según la cual, cuando se dispusieran a entrar
por una puerta un ángel y un sacerdote, el presbítero
debería pasar delante mientras el ángel esperaba.
Y, por lo tanto, me quedaba con recelo de querer sacralizar
también el orden espiritual.
Sin embargo, tras el inicio de la rama sacerdotal, se tornó
comprensible que la consecratio mundi comportase también,
por así decirlo, una consecratio cleri.
Nota:
1 IOANNES PAULUS II, Sapientia
christiana , art. 49, § 3. El art. 50, § 1 acrecienta:
“El doctorado es el grado académico que habilita,
y se requiere, para enseñar en una Facultad”.
2 Cf. Ídem , art.
50, § 1-2.
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El
carisma y el ejemplo del fundador
Su tesis es bastante
robusta, hasta el punto de indicar con precisión milimétrica
la espiritualidad
y la fuerza de la santidad que le ha animado desde el principio,
afirma el censor en su parecer.
|
P. Marcelo Santos das Neves, OP
Censor de la Tesis
I - Observaciones de
carácter crítico positivo
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, he leído
con atención y profundo interés su tesis.
Su familia crece día a día y no es posible
estar ante un fenómeno tan llamativo sin preguntarse
el por qué de esa gracia tan grande. La gentileza,
la compostura, la elegancia y el fino trato de los Heraldos
que, por dicha, he podido conocer, no podía dejar
de suscitar una sana curiosidad en nosotros. Siendo así,
cuando el P. Bruno Esposito me entregó su tesis,
primero la leí con avidez para saciar mi curiosidad;
pero, después, lo hice con espíritu crítico,
que en nuestro caso no tiene ninguna connotación
negativa. Al contrario.
Peso espiritual y envergadura
eclesial de su opción
El Papa Honorio III cuando aprobó y elogió
la Obra de Santo Domingo, afirmó que su lucha “unía
los tiempos antiguos con los tiempos nuevos”. Creo
que los nuevos Movimientos Eclesiales, y el que tiene origen
en usted en particular, cumplen, en la mayoría de
los casos, más que satisfactoriamente, estos requisitos.
Me explico: su movimiento (Heraldos del Evangelio) aporta
al hoy de la Historia la belleza, el gusto por lo grandioso
y majestuoso, el discreto rigor disciplinar y sobre todo
el entusiasmo inocente de los primeros tiempos y años
de la Fe cristiana.
Su profunda espiritualidad (la de usted y la de sus hijos),
marcada por la presencia eucarística, por la devoción
mariana y por la, digamos, incondicional obediencia al Santo
Padre, traducen la vitalidad y fuerza renovadora de la Iglesia
de Jesucristo que profesamos en el Credo: Una, Santa y Católica.
Por lo tanto, ya sea desde el punto de vista del contenido,
ya sea desde el punto de vista formal, es decir, por la
elegancia y por el esmero en relación a la lengua
de Camões traducida para los hijos de la Tierra de
Santa Cruz, su tesis merece “toda alabanza”.
Afirmo esto porque así
lo pienso.
Del resto, no podría dejar de recordar otro principio,
aunque esta vez de profundas raíces evangélicas:
por los frutos, dice la Escritura, “se puede conocer
lo robusto que es el árbol”.
Su personal camino de Fe, largo y con frecuencia difícil,
como difíciles son todas las grandes cosas de la
vida, madurado al abrigo de la presencia constante del Dr.
Plinio —es así como usted le llama—,
de su devoción, de su afecto y firme entrega a Dios,
engendró la obra que todos, hoy, llamamos de Heraldos
del Evangelio.
Igual que pasando a través de las obras podemos
llegar al Creador, por analogía, permítaseme
decirlo, pasando por la amigable conversación con
sus hijos, en seguida llegué (incluso antes de leer
su tesis) a la consideración del peso espiritual
y de la envergadura eclesial de su opción.
También por este motivo, al describir su largo caminar,
siempre en tercera persona, su texto es brillante y profundamente
realista. Digamos: verdaderamente convincente.
Uno de los más
hermosos ejemplos de perfección posibles en este
mundo
 |
Vista
general del aula del Angelicum durante la defensa
de la tesis |
Desde el punto de vista del análisis propiamente
jurídico, he constatado que su esfuerzo ha sido admirable
y que ha sido orientado por los juristas de más renombre
de ayer y de hoy. Admirable su explanación, orientada
por los doctos, de las asociaciones y de la aceptación
de los nuevos Movimientos Eclesiales en el seno de la Iglesia,
en estos tiempos que son los últimos, o sea, los
nuestros. Tiempos de Cristo: Único, necesario e insustituible
Salvador del mundo. De Él procede toda Gracia: aquella
que transforma a los que ya visiblemente le pertenecen,
así como los que buscan a Dios de sincero corazón
y sin culpa, no pueden reconocer a su Cristo.
El Cristo que sus hijos, sin temor, anuncian en el hábito,
en la palabra, en la presencia constante en la vida de las
entidades eclesiales, en los rosarios rezados, en las revistas
divulgadas en más de una lengua y, sobre todo, por
medio de la “casi” perfecta liturgia.
El “casi” se justifica: perfecta es la liturgia
celestial que sus hijos orientados por usted procuran con
esmero imitar, es decir, hacerla presente en el tiempo.
Para usar una terminología del Concilio de Trento:
“representar”; en el sentido de hacer presente
de nuevo; o aún, como enseña el Concilio Vaticano
II, “memorial” de las realidades eternas. La
“vía de la belleza” que hiere y despierta
(Benedicto XVI), encuentra, en el estímulo que usted
ha sabido ofrecer a sus hijos, uno de los más hermosos
ejemplos de perfección posibles en este mundo.
Otra observación: su camino espiritual, que floreció
con la Obra de los Heraldos del Evangelio, no ha sido superficial
ni ha besado el suelo de la mediocridad: sus consejeros,
juristas y teólogos (muchos de ellos dominicos) han
sido nombrados puntualmente en su tesis y sus consejos sabiamente
puestos en práctica. Deducimos de ello, su capacidad
para la escucha y el deseo sincero de caminar “en
la” y “con la” Iglesia. Su tesis deja
claro todo esto. Hay algo más.
Deja transparente el deseo de señalar a sus hijos
este saludable camino. Su tesis es bastante robusta, hasta
el punto de indicar con precisión milimétrica
la espiritualidad y la fuerza de la santidad que le ha animado
desde el principio. Un ejemplo: admirable la devoción
a San Luis María Grignion de Montfort, sobre todo.
El carisma y el ejemplo
del fundador dan unidad al movimiento
 |
P.
Bruno Esposito, el P. Marcelo Santos das
Neves y Mons. João Scognamiglio Clá
Dias, EP,
posan ante la estatua de Santo Tomás de
Aquino que preside la entrada del Angelicum
|
No podemos permitir que el tiempo se nos agote sin que
antes pongamos de relieve los caminos detalladamente descritos,
incluso desde el punto de vista jurídico, en el proceso
de formación de los Heraldos; pero no repetiremos
aquí lo que usted, con pericia y elegancia sin par,
resume en el último capítulo y en la conclusión
de su tesis, que igualmente se encuentra, al menos en parte,
descrito en todo el texto.
Me impresionó la palabra “flexibilidad”:
es la que revela la conciencia de que el Espíritu
Santo actúa, organiza y reorganiza continuamente
la vida y la obra del Pueblo de Dios; de esta manera sus
hijos, con el paso de los años, también madurarán
y otras modalidades de vida dentro de un mismo carisma podrán
surgir y encontrar en la legislación, no un impedimento,
sino una seguridad y, por qué no decirlo, un estímulo.
La creatividad divina es ejemplar; es el derecho el que
es limitado y no logra seguir los pasos veloces de los hijos
de la Iglesia. Pero volvamos a la creatividad divina: la
Trinidad Santa no se cansa de crear y recrear, de colorear
el cosmos y reanimar a los hijos de Eva; por tanto, podrá,
aún mañana, hacer surgir dentro de la “vía
de la belleza” nuevas formas de vida, todas unidas,
no obstante, por el mismo “carisma” y teniendo
ante sus ojos las fatigas del “fundador”. De
estos dos elementos dependerá, sin duda, la unidad
de cualquier movimiento: “el carisma y el ejemplo
del fundador”. Aunque más que eso, lo que prevalecerá
es la voluntad divina de dar, por medio de los nuevos Mo
vimientos, vitalidad perenne a la Esposa de Cristo.
El Espíritu suscita y conserva con vida lo que contribuye
al crecimiento de la Iglesia y deja que caduque lo que no
conduce a tal fin. Si sus hijos mantienen esa convicción,
ciertamente que, más allá de los nombres que
las diversas modalidades jurídicas puedan ofrecer,
serán siempre “uno”, aún siendo
muchos.
“No tengo nada
más que añadir”
En suma, mi arduo trabajo, es decir, el de encontrar los
dobleces o fallos contenidos en su tesis se ha reducido
a nada; o sea, ha caído en el vacío. Usted
ha sido perfectamente coherente, desde el principio hasta
el final, con los objetivos previstos; esto es, describir
la génesis y el desarrollo del Movimiento de los
Heraldos del Evangelio y su reconocimiento canónico.
Incluso cuando describe su personal camino espiritual, lo
hace con la finalidad de dejar claro el camino recorrido
por los Heraldos. No se les podría comprender sin
usted y su personal caminar en la Fe.
Para concluir mi intervención, y para que nadie
me acuse de ser demasiado extenso en el hablar, deseo solamente
recordar una cuestión planteada por usted al final
de su tesis: no se trata de retomar toda la materia, su
texto seguramente (sus hijos no serían tan poco delicados)
será publicado y todos encontrarán lo que
he intentado resumir; mi deseo consiste en repetir una expresión:
“el flash” (p. 283). Pues bien, según
nuestra Fe, hasta el final de los tiempos, el Señor
no dejará de ofrecer a su Esposa momentos de brillo
y de particular luminosidad: es el “flash” que
suscitará en sus hijos el deseo de continuar siendo
una “única” familia de “esclavos
de María” y de oídos atentos para escuchar
el “llamamiento de la Sede de Pedro” a una nueva
y vigorosa evangelización. Todo esto, permítaseme
decirlo, son cosas excepcionales en nuestros días.
No tengo nada más que añadir.
II - Preguntas y respuestas
P. Marcelo: Una pregunta: me gustaría
saber cómo los dominicos han acabado por estar tan
cerca de usted y, aún, si usted puede, me gustaría
oír de sus labios cómo, además de los
consejos, han contribuido a la maduración de su “instinto”
de “Padre Fundador”.
Mons. João Clá: No era posible,
tanto por parte del P. Bruno como por la suya, un análisis
de este trabajo tan benéfico, tan angélico
—por cierto, estamos en el Angelicum —, y tan
profundo, demostrando mucha capacidad, mucha cultura eclesiástica
y jurídica que me hace acordarme de los dominicos
con los que he convivido.
Y por los cuales todos los días —los Heraldos
son testigos— rezo nominalmente en mis Misas, haciendo
un elenco de todos ellos, porque les debo muchísimo.
Esas relaciones empezaron en la década de los 60,
más o menos, cuando en determinado momento surgió
una dificultad canónica, y en cierto sentido teológica,
a respecto de dudas y críticas hechas contra algunos
puntos de nuestro carisma. Y me sentía afligido,
porque estaba personalmente concernido en el asunto y no
sabía cómo resolverlo.
Recuerdo que el Dr. Plinio me recomendaba que tuviera
confianza y preveía que esas dificultades se iban
a resolver fácilmente. Un día, había
llegado temprano a la celda de mi uso en el “Éremo
de São Bento” y me senté en la cama;
entonces vi un edificio delante de mí, de unas piedras
algo amarillentas, con una puerta muy particular y me veía
entrando por ella. Era una puerta grande, con otra estrecha
al lado. Esa puerta más pequeña se abría
y yo entraba en un zaguán, me dirigía hacia
un rincón y, de repente, veía que salía
un dominico vestido todo de blanco, con los brazos en alto,
sonriendo, con el pelo entrecano, que venía hacia
mí y me abrazaba. Sentí un escalofrío
y me dije: “¿Qué será esto?”
Pasaron los días y el Dr. Plinio me dice: “Mire,
creo que usted debería ir a España y procurar
a un canonista que resuelva el caso”. Cogí
un avión y me fui a España. Llegué
a la sede que teníamos en Madrid y pregunté:
“¿Conocen ustedes a algún canonista
aquí?” —“Sí, respondieron,
conocemos a uno, pero vive en Salamanca”. —“¿A
qué distancia está de Madrid?” —“A
unas cuatro horas en coche”. Cuatro horas para mí,
en Brasil, es como coger el tranvía y bajarme en
la esquina.
Entonces hacia allí fuimos y cuando llegamos miré
el edificio y tuve un sobresalto. Era el mismo que yo había
visto. Nunca en mi vida había estado en Salamanca.
Cuando abrieron aquella puertecita, entré en el zaguán,
pensé: “¡Dios mío…! ¡Esto
ya lo he visto yo! ¡Lo conozco!”
Llegó en ese momento el P. Arturo Alonso Lobo —el
canonista que iba a atendernos—, sólo que no
venía con los brazos levantados, ni me abrazó.
Era un hombre de una luz intelectual excepcional. Le hacíamos
una pregunta sobre algún asunto y el decía:
“Escriba”, y nos dictaba la respuesta. En seguida, sacaba un libro de la estantería,
lo abría y decía: “Vea si el texto que
les he dictado confiere con el del libro”. Era tal
cual. ¡Un hombre genial!
Tuve un “flash” con el P. Arturo y fue por
medio de él que conocí al P. Victorino Rodríguez
y Rodríguez y al P. Antonio Royo Marín, con
los que conviví largamente. Más tarde al P.
Esteban Gómez, que regresaba de Roma a Madrid, al
P. Armando Bandera, en fin, a varios en España. En
Italia conocí a un dominico que no cito en la tesis,
por recelo de prolijidad, pero que me encantó sobremanera:
el Cardenal Mario Luigi Ciappi. Era un santo, un hombre extraordinario, proteólogo
de cinco Papas, y con quien mantuve numerosos contactos.
Iba a su palacio, tocaba el timbre y él mismo atendía
a la puerta. Eran conversaciones de horas. Llegó
a enseñarme todo el palacio, me invitó a la
Misa que celebraba allí, en fin, fue una convivencia
muy agradable.
Así, a través de esas relaciones fue como
ellos me iban abriendo los ojos al mundo de la Teología,
del Derecho Canónico, de la Filosofía, y puedo
decir que tengo una firmeza única en Santo Tomás
y en la doctrina tradicional y verdadera de la Iglesia,
en gran medida, por acción suya. ² |
Cardeal Bernard Law felicita al fundador de los Heraldos
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Evangelizar
el mundo del pensamiento
En la homilía de la Misa que el Cardenal Bernard
Francis Law celebró el 29 de noviembre en la Basílica
de Santa María la Mayor, comenzaba haciendo referencia
a Mons. João Scognamiglio Clá Dias y al más
del centenar de Heraldos que le acompañaban: “Hoy
recibimos entre nosotros al fundador de los Heraldos del
Evangelio, que fue nombrado por el Santo Padre canónigo
honorario de esta basílica. En esta nueva forma de
vida religiosa fundada en Brasil, podemos encontrar el motivo
de nuestra esperanza, al ver a todas estas vocaciones que
están aquí y saber que existen muchas más”.
Al finalizar el acto litúrgico el Cardenal Law dirigió
a Mons. João Clá, en las escalinatas de ese
histórico templo, calurosas palabras de felicitaciones
por la conquista del título de doctor en Derecho
Canónico. Decía: “Creo que no hemos
tenido nunca una celebración de doctorado como ésta,
doctor magnífico, doctor y superior general”.
Volviéndose hacia la pequeña multitud que
allí estaba presente, añadió: “Pero
qué ejemplo, para todo lo que se debe hacer: para
estudiar, escribir una tesis y recibir el doctorado.
Por eso, pienso que ahora hace parte del carisma de los
Heraldos, ¡que cada uno de ustedes consigan el doctorado!”
Exhortación que fue acogida con aplausos. “En
la Iglesia de hoy en día —proseguía
Su Eminencia— es muy importante la labor intelectual
en el campo de la evangelización, porque debemos
evangelizar el mundo del pensamiento, y sin esa preparación
es difícil ir a su encuentro. Por ello, quizá,
esta sea un signo del futuro, de la misión de los
Heraldos”.
Finalmente, aludiendo a Mons. João Scognamiglio
Clá Dias, EP, como “miembro de nuestra familia”,
por ser canónigo de la basílica, concluía:
“Les puedo dar una bendición más, por
la presencia de ustedes, que es siempre una alegría
para esta basílica, especialmente la de su fundador,
que es un miembro de nuestra familia. Pero lo que es difícil
ahora, como miembro de la familia, es que tenga un sitio
correspondiente a su graduación. Puede ocupar el
primer lugar de todos, aunque, para mí, lo mejor
es que sea miembro de la familia”. |
(Revista Heraldos del Evangelio, Enero/2010,
n. 78, p. 20 à 27)
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