Ejerced en Cristo la función de
santificar
Manifestad el brillo de
la santidad. Trasmitid a todos la palabra de Dios. Esforzaos por
creer en lo que leéis, enseñad lo que creéis, practicad lo que
enseñéis. — En una elocuente homilía en la Misa de ordenación, el
Cardenal Odilo Scherer recuerda a los nuevos diáconos y presbíteros
lo que de ellos espera la Santa Iglesia.
Cardenal Odilo Pedro
Scherer
Arzobispo de São Paulo (Brasil)
Queridos hermanos y hermanas:
Este es un hermoso momento para
la Iglesia, que acoge a los candidatos a las Órdenes Sagradas.
Después de haber sido adecuadamente preparados, analizados, pudieron
ser presentados hoy ante el Ministro Ordenante, con la petición de
su ordenación. Y por la palabra tranquila y firme de su superior,
fueron declarados dignos de este ministerio, en la medida en que la
condición humana puede ser considerada digna de tan gran don de
Dios.
“Yo pongo mis palabras
en tu boca”
De hecho, la primera lectura,
del profeta Jeremías, pone en evidencia el gran don de Dios, en la
fragilidad humana: “Yo te consagré y te hice profeta de las
naciones”. Jeremías, todavía joven, se siente totalmente inadecuado:
“¡Ah! Señor Dios, no sé hablar, soy muy joven”. Pero el Todopoderoso
le responde: “No temas, porque yo estoy contigo. Yo pongo mis
palabras en tu boca, y a todos aquellos a quienes te envíe, tú irás.
Y las palabras que Yo te mande decir, tú dirás”. Y Jeremías
desempeña su misión profética, apoyado enteramente en la gracia de
Dios, a pesar de su flaqueza, que continuará presente en su vida y
que de vez en cuando le cobrará su tributo. Jeremías sufre, pero
cumple su misión profética, dejando claro que ella no es obra del
hombre sino de Dios, que actúa en nuestra debilidad y lleva a cabo
su designio.
También hoy, quiere Él actuar en
la Iglesia a través de personas humanas, que aún en el camino de la
santificación, siempre instadas a expresar en sus vidas el
resplandor de la santidad, evidentemente continúan siendo humanos.
Por lo tanto, Jesucristo concede su don a la gente que Él elige,
confiándoles la difusión del Evangelio, el encargo del pastoreo, la
misión de celebrar los Santos Misterios para la santificación del
pueblo de Dios como sacerdotes, como mediadores de la gracia de Dios
entre los hombres.
Jesús quiere actuar a
través de nosotros
En la segunda lectura, San Pablo
advierte que quien es llamado a tan grande gracia debe vivir un
proceso constante de conversión, precisa practicar personalmente
aquello que predica: el Evangelio de la alegría, de la paz, de la
reconciliación, el Evangelio del perdón. Y, por eso mismo, colocarse
también en la actitud del penitente, de quien necesita del perdón de
Dios, para poder servir mejor a la misericordia de Dios a los
hermanos, en el ministerio sacerdotal.
Jesús nos conforta en el
Evangelio. En la Última Cena, reunido con los suyos, en un momento
de despedida, Él, con mucho afecto, se dirige a los doce y dice:
“Vosotros sois mis amigos”. Jesús nos hace sus amigos, y es por eso
que siempre podemos contar con Él. Podemos tener certeza de que Él
quiere actuar en nosotros y a través de nosotros, para ejercer el
Ministerio Sagrado de manera menos indigna, y sobre todo, con
eficacia, apoyándonos en el Espíritu del Padre y del Hijo que actúa
por nuestro intermedio.
Por eso, queridos candidatos al
diaconado y al presbiterado, que la palabra de Dios, antes
proclamada en el contexto de esta celebración y del Adviento, en la
expectativa de la Navidad que se aproxima, que esa Palabra de Dios
os pueda servir de luz, de orientación y de consuelo, y que a ella
volváis con frecuencia.
Importancia del sagrado
ministerio
Y ahora deseo presentaros la
exhortación que la Iglesia propone para el Rito de Ordenación, no
sólo por ser muy bella, sino también porque, en palabras concisas,
explica lo que significa el sagrado ministerio y la misión conferida
a quien lo recibe:
“Queridos hermanos y
hermanas, ya que estos nuestros hermanos van a ser ahora ordenados
diáconos y presbíteros, considerad con atención el servicio que van
a prestar. Servirán a Cristo, supremo maestro, sacerdote y pastor,
edificando permanentemente la Iglesia como pueblo de Dios, Cuerpo de
Cristo y templo del Espíritu Santo. Unidos al sacerdocio de los
obispos, los presbíteros y diáconos se dedicarán a anunciar el
Evangelio, a santificar y apacentar al pueblo de Dios, a celebrar el
culto divino, especialmente en el sacrificio del Señor. Por eso, en
todas las cosas, de tal modo procedan, con la gracia de Dios, que
puedan ser reconocidos como seguidores de Aquel que no vino a ser
servido, sino para servir".
Diáconos: mostrad en
vuestros actos la palabra que proclamáis
“En cuanto a vosotros, hijos
queridísimos, que seréis ordenados diáconos, el Señor os dio el
ejemplo para que, así como Él lo hiciera, hagáis también vosotros.
En vuestra condición de diáconos, es decir, de ministros de
Jesucristo que Se manifestó servidor de sus discípulos, cumplid
generosamente su voluntad. Y en la caridad, servid con alegría,
tanto a Dios como a la humanidad. Siendo imposible servir a dos
señores, recordad que toda la impureza o avaricia es sujeción a los
ídolos.
“Como procuráis libremente
la orden del diaconado, a semejanza de los que fueron escogidos por
los Apóstoles para el servicio de la caridad, debéis ser hombres de
bien, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Ejerceréis vuestro
ministerio en el estado del celibato. De hecho, él es un signo, y al
mismo tiempo, un incentivo de la caridad pastoral. Es incomparable
fuente de fecundidad en el mundo. Impelidos por un sincero amor por
Cristo y viviendo con total dedicación en este estado, os
consagraréis más fácilmente a Cristo, con un corazón sin
particiones, podréis dedicaros más libremente al servicio de Dios y
de la humanidad y trabajar con mayor solicitud en la obra de la
salvación eterna.
“Enraizados y cimentados en
la fe, presentaos con el corazón puro, irreprensibles ante Dios y
ante la humanidad, como corresponde a los ministros de Cristo y
dispensadores de los misterios de Dios. No os dejéis sacudir en
vuestra confianza en el Evangelio, del cual no sólo sois oyentes,
sino servidores. Guardando el misterio de la fe con la conciencia
pura, mostrad en vuestros actos la palabra que proclamáis, con el
fin de que el pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, se
convierta en una donación pura, agradable a Dios.
“De esta forma, también
vosotros, en el último día, podréis ir al encuentro del Señor y
escuchar de Él estas palabras: ‘Siervo bueno y fiel, entra en la
alegría de tu Señor’.
Presbíteros: ejerced en
Cristo la función de santificar
“En cuanto a vosotros,
queridísimos hijos que seréis ordenados presbíteros, debéis cumplir
en Cristo Maestro vuestra función de enseñar. Transmitid a todos la
palabra de Dios, que recibisteis con alegría. Meditando en la ley
del Señor, procurad creed lo que leéis, enseñad lo que creéis,
practicad lo que enseñéis. Sea, por lo tanto, vuestra predicación,
alimento para el pueblo de Dios, y vuestra vida, estímulo para los
fieles, de modo a edificar la casa de Dios, es decir, la Iglesia,
por la palabra y el ejemplo. Ejerced también en Cristo la función de
santificar. Por vuestro ministerio el sacrificio espiritual de los
fieles alcanza la plenitud, uniéndose al sacrificio de Cristo que,
por vuestras manos, es ofrecido sobre el altar al celebrar los
Sagrados Misterios.
“Tomad conciencia de lo que
hacéis y poned en práctica lo que celebráis. Así que al celebrar el
misterio de la muerte y resurrección del Señor, os esforcéis por
mortificar vuestro cuerpo, huyendo de los vicios para vivir una vida
nueva. Incorporando a los seres humanos al pueblo de Dios, por el
Bautismo, perdonando los pecados en el nombre de Cristo y la
Iglesia, por el sacramento de la Penitencia, confortando a los
enfermos con la Santa Unción, celebrando los ritos sagrados,
ofreciendo en las diversas horas del día alabanzas y oraciones y
acciones de gracias a Dios, no sólo por el pueblo de Dios, sino
también por el mundo entero, recordad que fuisteis escogidos de
entre los hombres y colocados al servicio de ellos en las cosas de
Dios".
Tened siempre presente
el ejemplo del Buen Pastor
“Desempeñad, por tanto, con
verdadera caridad y continua alegría la misión del Cristo Sacerdote,
buscando no lo que es vuestro, sino lo que es de Cristo.
“Por último, queridísimos
hijos, participando de la misión de Cristo, Pastor y Jefe, buscad,
unidos y sumisos al obispo, reunir a los fieles en una sola familia
con el fin de conducirles a Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu
Santo. Tened siempre presentes el ejemplo del Buen Pastor, que no
vino para ser servido, sino para servir y para buscar y salvar lo
que estaba perdido”.
(Homilía en la Misa de ordenación diaconal y
presbiteral,
celebrada en la iglesia del seminario de los
Heraldos del Evangelio, el 20/12/2008)