Requisitos
para alcanzar indulgencia plenaria con el Via Crucis
Se
puede obtener indulgencia plenaria rezando el Via Crucis
de acuerdo con la costumbre, que consiste en hacer lecturas,
oraciones y meditaciones de cada Estación delante
del respectivo cuadro, o cruz, colocados habitualmente
a lo largo de las paredes de las iglesias. Cuando se
reza en conjunto y hay dificultad de moverse todos ordenadamente,
de una Estación a otra, basta con que el que
dirige se disloque.
Es
necesario aún, además del rechazo de cualquier
afecto a cualquier pecado, incluso el venial, el cumplimiento
de las tres condiciones siguientes: confesión
sacramental, comunión eucarística y oración
en las intenciones del Sumo Pontífice (se acostumbra
rezar un Padrenuestro, una Avemaría y un Gloria).
Una confesión puede valer para alcanzar todas
las indulgencias plenarias durante el periodo de un
mes. (Cfr. Manual de las Indulgencias, normas y concesiones,
Ed. Paulus, 4ª edición, 1990).
Oración
Inicial
“Sin
mí no podéis hacer nada” (Jn 15,
5).
Oh,
Jesús mío, me preparo en este momento
para acompañarte durante tu Via Crucis. En él
te encontraré llagado, sin fuerzas y ensangrentado.
La
Escritura usa una fuerte expresión al referirse
a tu Pasión: “Yo soy un gusano, no un hombre;
el oprobio de los hombres y el desecho del pueblo”
(Sl 21,7). Cuán diferente está tu divina
figura de aquélla que los apóstoles contemplaron
en el Tabor, o al caminar sobre las aguas, o al curar
enfermos. En esta divina tragedia veré estampada
la fealdad y la maldad de mis pecados. A tus pies deposito
mis miserias y te pido perdón por la grandísima
culpa que tengo en tus tormentos.
Recurro,
para ello, a la intercesión de la Virgen Dolorosa.
Que Ella me cubra con su maternal manto, socorriéndome
para unirme a Ti y a abrazar también mi cruz.
Amén.
Primera
Estación: Jesús es condenado a muerte.
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Entró
Pilato de nuevo en el pretorio, y llamando a Jesús,
le dijo: ¿Eres tú el rey de los judíos?
(...) Jesús respondió: Mi reino no es
de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis
ministros habrían luchado para que no fuese entregado
a los judíos; pero mi reino no es de aquí”
(Jn 18,33/36).
“Pilato
(...), tomó agua y se lavó las manos delante
de la muchedumbre, diciendo: Yo soy inocente de esta
sangre; vosotros veáis. Y todo el pueblo contestó
diciendo: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros
hijos. Entonces les soltó a Barrabás;
y a Jesús, después de haberle hecho azotar,
se lo entregó para que lo crucificaran”
(Mt 27, 24-26).
Cuando Jesús afirma que su reino no es de este
mundo, no por eso deja de querer ser el Rey de nuestros
corazones. Se entregará en las manos de los verdugos
por amor a nosotros. En este momento su de prisión,
¿no deberíamos ofrecerle también
nuestros corazones?
No quiero permanecer neutral ante este profundo deseo
de Jesús. Esa fue la gran falta que cometió
Pilato: la neutralidad ante un llamamiento divino y
una criminal acusación.
Jesús está pidiéndome mi corazón
en este paso de la Pasión, Él quiere mi
santificación.
¡Oh adorable Jesús!, veo el enorme peso
de mis pecados en el odio de los que te rechazan. Acepta,
Señor, mi pobre corazón y asúmelo
como rey y dueño absoluto. Estoy seguro de que
si así lo haces, jamás te ofenderé.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V: Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Segunda
Estación: Jesús lleva la cruz a cuesta
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Tomaron,
pues, a Jesús, que, llevando su cruz, salió
al sitio llamado Calvario, que en hebreo se dice «Gólgota»”
(Jn 19,17).
“Pero
fue él ciertamente quien soportó nuestros
sufrimientos y cargó con nuestros dolores”
(Is 53,4 ).
Un
romano jamás podría ser condenado a morir
crucificado, pues la cruz era el mayor símbolo
de la deshonra, reservada para los peores criminales.
Pero la señal, por excelencia, de la vergüenza
fue abrazada por Jesús, “Él mismo
llevaba su cruz...”
En
este paso de la Pasión, Jesús carga sobre
sus hombros adorables mis pecados. Sin embargo, el Divino
Redentor es un rey tan grandioso que transformará
la cruz en un objeto de elevada nobleza y distinción.
Será colocada en lo alto de las iglesias, en
las coronas de los reyes... y será la pasión
de los santos.
¿Qué
debo ofrecer a Jesús en este momento en que le
veo besar la cruz?
¡Oh,
Jesús mío! Al verte arrodillado para abrazar
el instrumento de tu suplicio, me lanzo a tus pies contrito
y humillado. Consume todas mis culpas en tu infinita
misericordia y haz que sean una corona más de
tu gloria.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Tercera
Estación: Jesús cae por primera vez
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Fue
traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros
pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él,
y en sus llagas hemos sido curados” (Is 53, 5).
Terribles
son nuestros crímenes, ¡hacen que caiga
un Dios hecho hombre!
El camino hasta el Calvario no era largo. No obstante,
el agotamiento producido por la flagelación...
la coronación de espinas...la noche sin dormir...
Él podría negarse a continuar su Via Crucis.
Todo lo ocurrido bastaría para justificar una
incapacidad de proseguir. Pero Él desea enseñarnos
a nunca desanimarnos, a jamás desistir. En este
paso, nos muestra que está dispuesto a re-erguirnos
de nuestras caídas, por peores que sean.
Oh, Jesús, castigado por mis crímenes,
elévame de esta situación en la que me
encuentro, produce en mí una verdadera conversión,
para que regrese al camino de mi salvación y
nunca desanime en alcanzarla. Que deteste todo lo que
me separa de Ti. Que muera para el pecado y, cuando
caiga, jamás desconfíe de tu socorro.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Cuarta
Estación:
Jesús se encuentra con su Madre
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Simeón
los bendijo y dijo a María, su madre: Puesto
está para caída y levantamiento de muchos
en Israel y para signo de contradicción; y una
espada atravesará tu alma para que se descubran
los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).
“¡Oh
vosotros cuantos pasáis por el camino, mirad
y ved si hay dolor comparable a mi dolor, al dolor con
que yo soy atormentado!” (Lam 1, 12).
“Su
madre conservaba todo esto en su corazón”
(Lc 2, 51). Se debería acordar con exactitud
de las palabras del arcángel San Gabriel en la
Anunciación: “Él será grande
y llamado Hijo del Altísimo, y le dará
el Señor Dios el trono de David, su padre, y
reinará en la casa de Jacob por los siglos, y
su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).
Pero,
¿cómo será ese trono y ese reino,
pensaría Ella, si mi Hijo es sólo llagas
de la cabeza hasta los pies, sin fuerzas bajo el peso
de la cruz?
María,
por su sabiduría, conocía profundamente
la inmensa gravedad del pecado. Pero, ¿era necesario
que llevaran las cosas hasta ese extremo? ¿Quién
podría imaginar escena más trágica?
Una espada de dolor penetró su alma purísima
y allí depositó un sufrimiento lancinante.
¡Oh,
Virgen Dolorosa, perdón! Perdón por la
gran culpa que tengo en este paso de la Pasión.
Te agradezco que te hayas asociado a los tormentos de
tu Divino Hijo para redimirme. Oh celestial Co-redentora,
invoco ese sagrado intercambio de miradas entre Madre
e Hijo, en circunstancias tan dramáticas, para
implorar perdón.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Quinta
Estación: Jesús es ayudado por el Cirineo
a llevar la cruz
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Y
requisaron a un transeúnte, un cierto Simón
de Cirene, que venía del campo, el padre de Alejandro
y de Rufo, para que tomara la cruz” (Mc 15, 21).
Los
soldados romanos temían que el Divino condenado
fuese a morir antes de que llegase al Gólgota.
Era urgente encontrar a alguien que le auxiliase a terminar
el camino.
El centurión que comandaba a los soldados romanos
vio a Simón. ¿Quién era? Solamente
se sabe que era de Cirene, un anónimo casi. Sin
embargo, aunque obligado, ayudó a llevar la cruz
a Jesús, y de alguna manera cooperó con
la obra de la Redención.
¡Oh, ejemplo extraordinario para mí! Aunque
fuera inocente, debo acordarme de las palabras del Divino
Maestro: “Y el que no toma su cruz y sigue en
pos de mí, no es digno de mí” (Mt
10, 38).
Es indispensable que yo lleve mi cruz, o sea, esa responsabilidad,
esa humillación. La cruz de la honestidad, de
la rectitud de conciencia y de la práctica de
la virtud. Sí, es necesario que yo sea perfecto.
Oh Jesús, que en este paso de tu Pasión
pides mi ayuda, quiero seguirte con mi cruz. Pero, ayúdame
a ayudarte, Señor.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Sexta
Estación:
La verónica enjuga el rostro de Jesús
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Alza
sobre nosotros, ¡oh Yahvé!, la lumbre de
tu rostro. Yo en justicia contemplaré tu faz,
y me saciaré, al despertar, de tu imagen.”
(Sl 4, 7; 16, 15).
“Vera
ícona”, o sea, verdadera imagen. Éste
es el verdadero significado del nombre de aquella que
se compadeció de Jesús y le secó
el rostro. ¿Qué podría ofrecerle
Él, en aquel momento, en retribución por
tan distinguida actitud? ¡Su Verdadera Faz! Jesús
quiso dejarnos este precioso mensaje: siempre que, de
alguna manera, yo le seque su rostro, su fisonomía
se estampará en mi alma, seré otro Cristo.
Sí, “christianus alter Christus”,
el cristiano es otro Cristo.
Si,
en la vida de todos los días, me empeñase
en auxiliar al prójimo a seguir el camino del
Evangelio, a buscar la salvación, la faz de Cristo
se fijará en mi espíritu, y me haré
semejante a Él.
Señor,
ahora comprendo, por un auxilio de tu gracia, tu mandamiento:
“Que os améis los unos a los otros; como
yo os he amado” (Jn 13, 34). Quieres de mí
que sea atento con los necesitados de mi auxilio, bondadoso
con los humildes, fuerte con los orgullosos. Estoy dispuesto
a proceder así.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Séptima
Estación: Jesús cae por segunda vez
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Por
Yahvé se afirman los pasos del varón cuyo
camino le place. Si cayere, no permanecerá postrado,
porque Yahvé le sostiene su mano” (Sl 36,
23-24).
A
pesar del auxilio del cirineo, el peso de la cruz se
va haciendo aplastante. ¿Quién, al caer
por segunda vez en aquellas circunstancias, no dejaría
de quedarse en el suelo? Era la oportunidad para desistir.
Pero Jesús quiso llevar hasta el final el holocausto.
Y qué suaves eran aquellas piedras del camino
en comparación con
los sufrimientos que aún vendría por delante...
Una
vez más, Jesús quiso mostrarnos cuál
debe ser la extensión de nuestra confianza, incluso
cuando recaemos en nuestras faltas. El Salvador está
siempre dispuesto a perdonarnos. Habiendo Él
asumido nuestras culpas, jamás dejará
de re-erguirnos.
Por los infinitos méritos de tu segunda caída,
confírmame en tu gracia, por María Santísima
te lo imploro.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Octava
Estación: Jesús consuela a las hijas de
Jerusalén
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Le
seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres,
que se herían y lamentaban por Él. Vuelto
a ellas Jesús dijo: Hijas de Jerusalén,
no lloréis por mí; llorad más bien
por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lc
23, 27-28).
Jesús,
aunque sumergido en los tormentos de la Pasión,
caminaba hacia el triunfo de su misión. Pero,
en su infinita justicia, no dejaba de advertir a las
santas mujeres la necesidad de que reparasen el pecado
colectivo. No bastaba con que se conmovieran con la
tragedia de un Dios injustamente condenado. Era indispensable
aplacar la cólera divina contra los hombres,
por el crimen cometido.
Oh
Jesús, Señor de la Justicia, que todo
bien premias y todo mal castigas, dame la gracia de
tener plena conciencia de mis locuras, crímenes
y pecados, con el fin de pedirte perdón con sinceridad.
Mientras más profundamente reconozca mis faltas,
mejor será mi arrepentimiento y más completa
será tu absolución.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Novena
Estación: Jesús cae por tercera vez
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Quiso
Yahvé quebrantarle con padecimientos” (Is
53, 10).
“También
Cristo padeció por vosotros y os dejó
ejemplo para que sigáis sus pasos. Llevó
nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para
que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia”
(Pe 2, 21/24).
Ahí
está, ante mis ojos, y bajo el peso de la cruz,
la luz del mundo caída en el suelo por tercera
vez.
¿De
qué ha servido que el cirineo cargase la cruz?
¿Por qué no llevó sobre sus hombros
por lo menos la parte más pesada? Si los soldados
ya habían decidido convocar compulsivamente al
cirineo, no les faltaría comprensión para
darse cuenta del agotamiento de su víctima. ¿Por
qué le exigen que continúe el camino?
Es,
una vez más, la imagen de nuestra miseria. Así
somos nosotros.
Si
yo fuese el cirineo, ¿actuaría de otra
forma? Cuántas y cuántas veces fui relajado
en el cumplimiento de mis deberes, en la práctica
de la virtud, en el evitar las ocasiones que me llevan
al pecado... ¡Qué lejos estoy de la perfección,
dejando que Jesús sea casi que aplastado bajo
el peso de la cruz, sin preocuparme por ayudarle!
Jesús
dame el divino ejemplo: si me abandonan o me persiguen,
y caigo bajo el madero de las decepciones, jamás
el desánimo me abatirá.
Siempre
hay algo más para dar, incluso cuando las fuerzas
parecen que no existen. Ésta es también
una de las lecciones contenidas en esta Estación.
¡Oh,
Jesús mío!, te agradezco el ejemplo de
generosidad y entrega totales que en este paso de la
Pasión me das, y te ruego gracias eficaces para
servirte continuamente con amor desinteresado y ánimo
fuerte.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Décima
Estación:
Jesús es despojado de sus vestiduras
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Tomaron
sus vestidos, haciendo cuatro partes, una para cada
soldado, y la túnica. La túnica era sin
costura, tejida toda desde arriba. Dijéronse,
pues, unos a otros: «No la rasguemos, sino echemos
suertes sobre ella para ver a quién le toca»,
a fin de que se cumpliese la Escritura: «Dividiéronse
mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes»”
(Jn 19, 23-24).
¿Quién
podría imaginarse una humillación tan
grande? Jesús, el propio creador del pudor es
despojado de sus vestiduras ante todo el populacho.
Quizás para reparar la inmoralidad y falta de
modestia de las ropas de épocas futuras; de modas
que recibirían una gran censura de la Santísima
Virgen en Fátima.
Cuatro
son los cantos de la tierra y en cuatro se reparten
sus pertenencias. Es un bellísimo símbolo
de la expansión de la más alta de las
obras de Jesús, la Santa Iglesia, que tomará
cuenta de toda la extensión del mundo.
Decidieron
echar la túnica a suerte, pues los soldados concluyeron
que se trataba de una pieza de elevado valor, ya que
no tenía una sola costura de arriba a bajo.
La
Santa Iglesia está simbolizada en su unidad perfecta
por la túnica inconsútil. Ella reclama
una unión total entre todos sus fieles, donde
no comporta la menor división.
¡Oh,
Jesús mío!, que yo ame la unidad de tu
Santa Iglesia y trabaje por su expansión en el
mundo entero, jamás haciendo acepción
de personas en esta tarea, para ayudarte a salvar pobres
o ricos, en fin, todas las almas. Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Décimo
Primera Estación:
Jesús es clavado en la cruz
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Cuando
llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron
allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha
y otro a la izquierda. Escribió Pilato un título
y lo puso sobre la cruz; estaba escrito: «Jesús
Nazareno, Rey de los judíos»” (Lc
23, 33 ; Jn 19, 19).
Por
fin, llega Jesús al Calvario, lugar donde, según
una piadosa tradición, Adán fue sepultado.
Allí abundaba el pecado, allí transbordaría
la gracia.
¡Crucificado! Aquella misma cruz que tanto le
pesaba sobre sus hombros sería su instrumento
de muerte. ¿Los brazos? Abiertos, para atraer
hacia Sí a la humanidad entera, conforme afirma
San Juan Crisóstomo. Ya en estado pre-agónico,
enormes clavos agujerean sus sagradas manos y divinos
pies, llevando a Jesús a contorcerse de dolor.
El
requinte de la maldad de sus acusadores llega hasta
el punto de crucificarlo entre dos ladrones para que
fuera considerado como tal. Mientras los soldados se
repartían los haberes materiales del Divino Crucificado,
Él entregaba su preciosa herencia –María
Santísima– al discípulo amado, en
un último y supremo gesto de amor filial.
¡Oh,
Jesús mío! Veo, en esta meditación,
el drama de la locura de amor de un Dios por sus criaturas.
Si fuese yo el único que hubiera pecado, tu proceder
no habría sido de otra manera. Tú fuiste
crucificado por mí.
Concédeme
las mismas gracias derramadas sobre el buen ladrón
y que pueda algún día estar contigo en
el Paraíso.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Décimo
Segunda Estación:
Jesús muere en la cruz
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Cuando
hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está
acabado, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas
al primero y al otro que estaba crucificado con Él;
pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto,
no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados
le atravesó con su lanza el costado, y al instante
salió sangre y agua” (Jn 19,30; 32-34).
“Inclinando
la cabeza, entregó el espíritu”
, afirma el Evangelio. Sobre este respecto, pregunta
San Agustín: “¿Quién puede
dormir cuando quiera, como Jesús murió
cuando quiso?” Y afirma San Juan Crisóstomo:
“Por sus actos, indica el evangelista que Él
era Señor de todas las cosas”.
De
su costado “salió sangre y agua”
, que simbolizan los Sacramentos de la Iglesia, indispensables
para nuestra salvación. El agujero dejado por
la lanzada, significa la apertura de la puerta de la
cual nacería la Santa Iglesia.
¡Oh,
Jesús mío, no existe mayor prueba de amor!
¡Diste tu preciosísima vida por mí!
Y, ¿qué te debo dar yo? ¡Pensar
que ese mismo sacrificio se renueva todos los días
sobre el altar, de manera incruenta, para que me beneficie
de él totalmente!
¡Ah,
Señor!, acepta mi pobre ser, mi cuerpo, mi alma,
mis familiares, todo lo que me pertenece ahora y en
el futuro, incluso mis méritos. Todo es tuyo,
Señor, y te lo entrego a Ti en retribución,
por medio de María Santísima.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Décimo
Tercera Estación: Jesús es bajado de la
cruz
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Después
de esto rogó a Pilato, José de Arimatea,
que era discípulo de Jesús, y Pilato se
lo permitió. Vino, pues, y tomó su cuerpo.
Llegó Nicodemo, el mismo que había venido
a Él de noche al principio, y trajo una mezcla
de mirra y áloe, como unas cien libras. Tomaron,
pues, el cuerpo de Jesús y lo fajaron con bandas
y aromas, según es costumbre sepultar entre los
judíos” (Jn 19, 38-40).
La
Providencia traza con perfección las líneas
de la Historia. José de Arimatea, además
de ser noble, estaba muy relacionado con Poncio Pilato,
y reunía, por lo tanto, las condiciones favorables
para obtener de él la autorización necesaria
para que Jesús no fuese enterrado como un condenado
cualquiera, sino como una persona ilustre. ¿Quién,
a no ser José, tendría valor de presentarse
ante el gobernador romano para pedirle el cuerpo de
un crucificado? Por eso, a respecto de él comenta
San Juan Crisóstomo: “Véase el valor
de este hombre; se pone en peligro de muerte, atrayendo
sobre sí las enemistades de todos, por su afecto
a Jesucristo...”
¡Qué
gracia insigne para este José! La de poder descender
de la cruz, con el auxilio de Nicodemo, el Divino Cuerpo,
víctima de valor infinito, y de sepultarlo.
¡Oh,
Sagrado Cuerpo de Jesús!, viéndote así,
sin vida, siento que mi corazón gime. Esas manos
que dieron órdenes a los mares y a las tempestades,
expulsaron a los vendedores del Templo e hicieron el
bien por todo Israel, ya no se articulan. Tus pies,
que caminaron sobre las aguas y surcaron los caminos
todos en busca de los necesitados, no se mueven. Tu
voz, que hacía estremecer a los fariseos, pero
que perdonaba con dulzura a los pecadores arrepentidos,
ya no se oye más. Toda una llaga te cubre de
arriba a bajo.
¡Oh,
Virgen Dolorosa!, te imploro la insigne gracia de que
mantengas ante mí, para el resto de mi vida,
esta terrible imagen de la gravedad del pecado. ¡Perdón
, Madre mía, perdón! Y ayúdame
a no pecar nunca más.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Décimo
Cuarta Estación: Jesús es trasladado al
sepulcro
V:
Te adoramos Cristo y te bendecimos.
R: Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
“Había
cerca del sitio donde fue crucificado un huerto, y en
el huerto un sepulcro nuevo, en el cual nadie aún
había sido depositado. Allí, a causa de
la Parasceve de los judíos, por estar cerca del
monumento, pusieron a Jesús. Y [José de
Arimatea] corriendo una piedra grande a la puerta del
sepulcro, se fue. Estaban allí María Magdalena
y la otra María, sentadas frente al sepulcro”
(Jn 19, 41-42 ; Mt 27, 60-61).
Una
gran piedra nos separa en este momento del Cuerpo Sagrado
de Jesús.
Quien tuviese Fe, podría adorar a Jesús
en Cuerpo y Divinidad presente en el sepulcro, y beneficiarse
de Él, recibiendo gracias concedidas directamente
por el Salvador. Ese fue el gran consuelo de las Santas
Mujeres.
Por
ello, afirma San Jerónimo: “Las mujeres
perseveraron en su deber, esperando lo que Jesús
había prometido; por esta razón merecieron
ser las primeras en ver la Resurrección, porque
«Quien persevere hasta el final, se salvará».”
¡Felices
las santas mujeres! Más felices aún somos
nosotros, que tenemos a Jesús en Cuerpo, Sangre,
Alma y Divinidad en la Eucaristía. En ella le
adoramos, no con una “gran piedra” de por
medio, sino a través de las apariencias del pan
y del vino.
A
Ti, oh Virgen, recurro a fin de que me alcances de Jesús
sepultado, la confirmación en la gracia de Dios
para que un día, siguiendo tus caminos y los
de Él, pueda resucitar para la gloria eterna.
Padrenuestro,
Avemaría y Gloria.
V:
Ten piedad de nosotros, Señor.
R:
Señor, ten piedad de nosotros.
V:
Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios descansen en paz.
R:
Amén.
Oración
Final
En
Vos, oh Virgen Dolorosa, recuerdo la síntesis
de todos los episodios meditados por mí. ¡Qué
gracias místicas no os deben haber sido concedidas
en medio de aquellas angustias! Gracias de sentir en
Sí misma los propios dolores del Redentor. No
es sin razón, que bajo cierto aspecto, podéis
ser llamada de Co-redentora.
Es
a Vos que recurro y de Vos me valgo, gimiendo bajo el
peso de mis pecados, en la inquebrantable convicción
de que “jamás se ha oído decir que
ninguno de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro
haya sido abandonado de Vos.”
Madre
Dolorosa, que a Vos recurro, imploro y reclamo por el
perdón de mis pecados, por mi salvación
eterna y por la total santificación de mi alma.
Y
mucho os pido por la sociedad en general, y por la propia
Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana,
para que lleguen a la plenitud de su esplendor y gracia,
y se pueda de esta manera realizarse la proclamación
universal del triunfo de vuestro Inmaculado Corazón:
“¡Por
fin, mi Inmaculado Corazón Triunfará!”
Amén. |